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‘Un Capítulo en México’

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Victoria Española

13 de agosto, 1521. Ruinas de Tenochtitlan.

Hace años que abandoné España, mi nombre es Gonzalo Dávila, aunque en mi patria nadie me llamase así, pero en este nuevo mundo ¿quién puede tener memoria para los apodos y pecados del pasado? Todos veníamos al nuevo mundo en busca de una vida mejor, de ganarnos un nombre y un prestigio, aunque el precio por pagar tuviese siempre el color de la sangre.

Dios lo sabía bien, éramos hombres duros, veteranos de los tiempos del asedio de Cefalonia, de las batallas de Ceriñola y Garellano. Soldados dispuestos a pelear cualquier día de la semana y sin embargo, jamás vi derramarse tanta sangre como en la lucha contra los mexicas, esos salvajes tenían un gusto autentico para partirse la cara con quien se les pusiera enfrente, en Europa, cientos salían despavoridos al vernos aparecer y aquí, al otro lado de la Mar Océano (Atlántico), los mexicanos se abalanzaban contra nosotros, tragándose el miedo, mostrándonos en sus ojos la ambición de vernos sacrificados para algunos de sus malditos dioses.

Hernán Cortés, el hijo de puta que nos comandaba, logró llevarnos hasta ese punto y muchos aun no salíamos del asombro, Cortés convenció a los indios Tlaxcaltecas de pelear a nuestro lado y pronto, nuestro valeroso capitán aceptó que sólo había un camino para ser dueños de esas tierras y dispuso tomar la preciosa Tenochtitlan por la fuerza.

Dio ordenes a sus capitanes de dar rienda suelta a ese salvajismo del que sentíamos orgullo en batalla y del que nos arrepentíamos en el confesionario. Entre aquellos buenos hombres se contaba Cristóbal de Olid, uno de los hombres más estúpidamente valientes que he conocido; Alonso de Ávila, quien fungía como Tesorero Real, y Pedro de Alvarado, uno de los tantos conquistadores de Cuba, y les juro por mi santa madre, que cada uno era más desgraciado que el anterior.

Cada día luchábamos por unos miserables metros de tierra de una ciudad que íbamos destruyendo a nuestro paso y que ya apestaba a muerte, las calles se cubrían de cadáveres y más de algunos flotaba en el lago.

-¡En la azotea!- era el día 75 de combate y a Cortés se la terminaba la paciencia -¡por el flanco izquierdo!- después del asedio, los mexicanos eran un despojo de los grandes guerreros que nos recibieron meses atrás, ahora se encontraban ojerosos, hambrientos, algunos con heridas graves y sin embargo, preferían la muerte a rendirse -¡atrapadlos, que no escape ni uno!

Cortés subió a una de las azoteas que ya teníamos dominada, desde ahí observó la batalla, muy en el fondo sentía lástima por aquellos desgraciados destinados a perecer, pero no habían dejado opción y si era necesario, mandaría exterminar hasta al último de ellos.

-¡Capitán!- las voces atravesaron la retaguardia, un grupo de soldados llevaban unos indios apresados -le tenemos- dijo el capitán Garcí Holguín, arrojando a los pies de Cortés al único hombre que podía dar fin a la barbarie.

-Cuauhtémoc- susurró Cortés. Por fin, después de tanta sangre y porquería, tenía a sus pies al último líder Azteca. El prisionero había tratado de salir de la ciudad y mantener viva la resistencia contra los españoles, pero la suerte no estuvo de su lado, la canoa donde viajaba fue descubierta y ahora se encontraba en poder del enemigo.

Los sonidos de la guerra se fueron callando, los mexicanos fueron pasando la voz dejando caer sus armas al suelo. Cuauhtémoc le rogó al capitán que le matase ahí mismo, pero este se negó, no desperdiciaría la oportunidad de usarlo a su favor, como rehén en palabras simples.

Sin poder decir palabra, vimos a cientos de guerreros caer de rodillas, lamentando su suerte. Pues ahí, en una ciudad destruida, rodeados de incontables cadáveres, el imperio español agregó una joya a su corona mientras otro agonizaba.

13 de agosto, 1521. Ruinas de Tenochtitlan.

Hace años que abandoné España, mi nombre es Gonzalo Dávila, aunque en mi patria nadie me llamase así, pero en este nuevo mundo ¿quién puede tener memoria para los apodos y pecados del pasado? Todos veníamos al nuevo mundo en busca de una vida mejor, de ganarnos un nombre y un prestigio, aunque el precio por pagar tuviese siempre el color de la sangre.

Dios lo sabía bien, éramos hombres duros, veteranos de los tiempos del asedio de Cefalonia, de las batallas de Ceriñola y Garellano. Soldados dispuestos a pelear cualquier día de la semana y sin embargo, jamás vi derramarse tanta sangre como en la lucha contra los mexicas, esos salvajes tenían un gusto autentico para partirse la cara con quien se les pusiera enfrente, en Europa, cientos salían despavoridos al vernos aparecer y aquí, al otro lado de la Mar Océano (Atlántico), los mexicanos se abalanzaban contra nosotros, tragándose el miedo, mostrándonos en sus ojos la ambición de vernos sacrificados para algunos de sus malditos dioses.

Hernán Cortés, el hijo de puta que nos comandaba, logró llevarnos hasta ese punto y muchos aun no salíamos del asombro, Cortés convenció a los indios Tlaxcaltecas de pelear a nuestro lado y pronto, nuestro valeroso capitán aceptó que sólo había un camino para ser dueños de esas tierras y dispuso tomar la preciosa Tenochtitlan por la fuerza.

Dio ordenes a sus capitanes de dar rienda suelta a ese salvajismo del que sentíamos orgullo en batalla y del que nos arrepentíamos en el confesionario. Entre aquellos buenos hombres se contaba Cristóbal de Olid, uno de los hombres más estúpidamente valientes que he conocido; Alonso de Ávila, quien fungía como Tesorero Real, y Pedro de Alvarado, uno de los tantos conquistadores de Cuba, y les juro por mi santa madre, que cada uno era más desgraciado que el anterior.

Cada día luchábamos por unos miserables metros de tierra de una ciudad que íbamos destruyendo a nuestro paso y que ya apestaba a muerte, las calles se cubrían de cadáveres y más de algunos flotaba en el lago.

-¡En la azotea!- era el día 75 de combate y a Cortés se la terminaba la paciencia -¡por el flanco izquierdo!- después del asedio, los mexicanos eran un despojo de los grandes guerreros que nos recibieron meses atrás, ahora se encontraban ojerosos, hambrientos, algunos con heridas graves y sin embargo, preferían la muerte a rendirse -¡atrapadlos, que no escape ni uno!

Cortés subió a una de las azoteas que ya teníamos dominada, desde ahí observó la batalla, muy en el fondo sentía lástima por aquellos desgraciados destinados a perecer, pero no habían dejado opción y si era necesario, mandaría exterminar hasta al último de ellos.

-¡Capitán!- las voces atravesaron la retaguardia, un grupo de soldados llevaban unos indios apresados -le tenemos- dijo el capitán Garcí Holguín, arrojando a los pies de Cortés al único hombre que podía dar fin a la barbarie.

-Cuauhtémoc- susurró Cortés. Por fin, después de tanta sangre y porquería, tenía a sus pies al último líder Azteca. El prisionero había tratado de salir de la ciudad y mantener viva la resistencia contra los españoles, pero la suerte no estuvo de su lado, la canoa donde viajaba fue descubierta y ahora se encontraba en poder del enemigo.

Los sonidos de la guerra se fueron callando, los mexicanos fueron pasando la voz dejando caer sus armas al suelo. Cuauhtémoc le rogó al capitán que le matase ahí mismo, pero este se negó, no desperdiciaría la oportunidad de usarlo a su favor, como rehén en palabras simples.

Sin poder decir palabra, vimos a cientos de guerreros caer de rodillas, lamentando su suerte. Pues ahí, en una ciudad destruida, rodeados de incontables cadáveres, el imperio español agregó una joya a su corona mientras otro agonizaba.

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