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EL HACKER ADOLESCENTE

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Los delitos informáticos, así como sus perpetradores, es un tema que desde los años noventa siempre ha dado de qué hablar. Los hackers, estos genios quienes con un teclado logran controlar al mundo, se han convertido casi en clichés de la cultura popular, ya sea del cine o la televisión. A diferencia de muchos criminales comunes, muchos piratas informáticos no buscan dinero, riquezas o plantear una postura ideológica. La curiosidad es, en ocasiones, su motivación más persistente y constante.
Desde la última década del siglo XX, el cine y la televisión nos ha dado hackers memorables, desde los personajes de la película homónima de 1995, hasta clásicos ‘The Matrix’ o ‘Swordfish’. Pero… ¿Cuánto de ello es ficción, y cuánto es una realidad? Ejemplos y casos de criminales informáticos abundan, pero hoy abordaremos uno muy especial, cuya historia tiene todos los elementos de una estrafalaria ficción: un hacker menor de edad, un desastre a nivel mundial, un joven arrepentido, una recompensa por parte de una empresa trasnacional, unos soplones que terminan revelando todo y una condena menor. Fue uno de los eventos más insólitos en la historia de la ciberseguridad.

Este es el caso del alemán Sven Jaschan.
Nacido en Waffensen, Alemania en el año de 1986, Sven era un adolescente como cualquier otro, que tenía su grupo de amigos, vivía con sus padres e iba a la preparatoria. Pero en su habitación, desde su computadora, tenía una curiosidad ilimitada por conocer el mundo, y convertirse en un hacker de sombrero negro, que es como se le conoce a aquellos que les gusta destruir y vulnerar sistemas con fines maliciosos. Entonces, en 2004, creó dos de los virus de computadora más peligrosos hasta el momento: el Netsky y el Sasser. Lo que hacían los virus era explotar una vulnerabilidad de Windows 2000 y Windows XP.
Las consecuencias fueron desastrosas a nivel global.
Oficinas bancarias en diferentes partes del mundo tuvieron que operar manualmente al tener sus computadoras inutilizadas. Delta Air Lines tuvo que cancelar decenas de vuelos transatlánticos tras perder la conexión de sus sistemas informáticos. El operador ferroviario finlandés (VR) detuvo sus trenes; los hospitales de la red pública británica (NHS) vieron colapsados sus sistemas informáticos y la agencia de noticias France-Presse perdió sus comunicaciones de red. Tan solo en las primeras semanas de la propagación del virus, fueron pérdidas de 900 millones de dólares.
Sven Jaschan hacía lo que hacía por ego y por curiosidad. No era un villano, un criminal o un psicópata, tan solo un adolescente que se divertía con las computadoras. Por eso, cuando se percató del daño que estaba causando, quiso lavarse las manos y evitar todo, pero ya era demasiado tarde. Había experimentado en carne propia la metáfora que Mary Shelley da a Frankenstein: su creación estaba fuera de control.
Al haber sido Microsoft una de las empresas más perjudicadas, ofrecieron una recompensa de 250 mil dólares para dar con el responsable. Irónicamente, fueron unos compañeros de clase de Sven quienes lo delataron, con quienes días antes había presumido su hazaña.
El 7 de mayo de 2004, la policía irrumpió en la casa de Sven. Era cierto que merecía una pena ejemplar, al ser menor de edad por las leyes alemanas, fue condenado a 21 meses de libertad condicional y 30 horas de trabajo comunitario, pues era menor de edad cuando soltó el virus.
Hoy en día, Sven Jaschan se ha reformado: trabaja como asesor de empresas en temas de ciberseguridad. Aquel desquiciante 2004 y el caos informático que causó, es cosa del pasado.
En los años noventa, los hackers eran personajes que parecían sacados de una novela de ciencia ficción. Actualmente, son una realidad. No queda sino citar a William Gibson, creador del término ciberespacio, quien una vez puntualizó: «El futuro ya está aquí; solo que no está distribuido de manera uniforme.»

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