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No voy a pedirle a nadie que me crea

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 15 de enero de 2018

Lo he confesado antes. Soy susceptible a la mercadotecnia del arte. Si voy a ver una película procuro ver alguna que haya sido premiada y, para ello, me dejo guiar por las pequeñas coronas de laurel que decoran las portadas. Los libros también adquieren mayor interés cuando van acompañados de algún promocional donde se enumeran los premios recibidos o se elogian las virtudes del libro o del escritor.

         Con los premios literarios, no obstante, he tenido una relación compleja en los últimos tiempos. Como todos los que soñamos con tener una publicación literaria —de la que los premios son una puerta—, no leo los libros galardonados solamente por el interés por una buena lectura. Asiste a ese sano interés, una especie de estudio de campo destinado a responder a la pregunta: «¿qué es lo que se premia?» o, en otro sentido, «¿qué es lo que esta época determinada, y sus editores, consideran buena literatura?».

         Y la respuesta, como era de esperarse, es múltiple. Sin dejar de lado la posibilidad —para no pecar de ingenuos—  de la corrupción, en la que los premios no se concursan, sino que se negocian, hay premios que se otorgan a obras valiosas, otros que se entregan a obras entretenidas, pero sin demasiado fondo y, finalmente, otros en los que uno se pregunta «y este, ¿por qué lo premiaron?».

         Leí hace unos días, la novela «No voy a pedirle a nadie que me crea» del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, galardonada con el Premio Herralde de Novela en 2016 otorgado por la Editorial Anagrama. Me la había recomendado una amiga con una frase jocosa —«está de moda entre los hípsters», me dijo— y, además, me gusta mucho el trabajo de la editorial. Y se me ocurrió una cosa muy extraña con la novela.

         Debo empezar por reconocer que me pasé tres días muy divertidos leyéndola. No obstante, el final me dejó una sensación de vacío. Una suerte de «pude haber pasado estos mismos tres días leyendo el periódico, y hubiera dado lo mismo». Y en el afán de encontrarle sentidos ocultos a la novela, me puse a leer un poco más sobre la misma y eso me ayudó a continuar con la reflexión sobre los premios literarios.

Me parece que la misma es una crítica humorística a la literatura y a lo que hoy en día se publica. Es una novela consciente de sí misma. Y aunque no podría determinar si fue la intención del autor, sí me ha cuestionado mucho. ¿En qué sentido? Permítanme hacer un desvío.

En varias ocasiones he asistido o he sido parte del debate sobre si el psicoanálisis es el único camino para tener una existencia más consciente y responsable, o si es el único camino para lograr cambios duraderos en las personas. Hay quien dice que sí, pero yo siempre he sido partidario de la idea de que existen otros caminos: entre ellos puedo nombrar el —muchas veces subestimado— azar, la experiencia artística o filosófica y, si me pongo romántico, el amor.

         Sobre la experiencia artística, puedo decir que uno no es el mismo antes, que después de la misma. Si se tiene contacto con el arte, eso impacta, eso cambia. Es un encuentro con —lo que coloquialmente podríamos llamar— la verdad. El arte es peligroso para los regímenes totalitarios porque despierta, abre conciencias, incomoda.

Luego entonces, ¿una novela como «No voy a pedirle a nadie que me crea» es una experiencia trascendental? Ciertamente, ¡no! Es una experiencia de entretenimiento y lo que valoro es que la novela parece ser consciente de ello. Parece ser una crítica a la literatura que valora el estilo, es decir, las formas y no los contenidos. Hace poco leí una crítica sobre la novela «Campeón gabacho», ganadora del premio Mauricio Achar en la que se le acusaba de ser una historia trivial —la crítica decía: light— sobre la migración, cuya única virtud era ser contada en «ingleñol».

         Me parece un error para la literatura escurrirse, de manera unívoca, por los caminos del estilo. Eso conduce meramente a una satisfacción —que Freud llamaría— masturbatoria en las palabras y sus sentidos. Si la literatura pretende ser un arte, tiene que apuntar a las grandes verdades, a lo radicalmente distinto, a mostrar, a través de la palabra, lo que se oculta al lenguaje y que no puede ser representado por el mismo.

Teléfono para atención: 4771310142

Agradeceré sus comentarios en: psi.danielcortez@gmail.com

Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

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