1916, caminos de México rumbo a la frontera norte.
Cientos estamos huyendo, la guerra que Porfirio Díaz provocó y que Madero desató, destruyeron al país.
Los caminos se encuentran vigilados por bandidos que te arrebatan lo poco que tienes, el campo está abandonado, muchos no tiene nada para sembrar y quienes siembran no tienen a quien vender. Las fábricas empiezan a reanudar sus producciones pero los salarios son bajos y las condiciones de trabajo son inmundas, he tenido que ver a niños trabajando como adultos, a mujeres parir frente a una máquina y regresar al día siguiente a trabajar. Buscamos por todos lados pero no encontramos el futuro glorioso que la democracia traería a México, la guerra no parecía haber cambiado nada.
Quienes tienen dinero guardado lo usan para pagar su pasaje en un tren, no pocos gastan todo lo que tienen solo en el viaje. En los trenes viajan hombres con los rostros ocultos, con barbas descuidadas dejadas como máscaras para ocultar su identidad, ‘perseguidos políticos’ les dicen, lo único que sabemos de ellos es que si les reconocieran quizá les pegarían un tiro ahí mismo.
La mayoría vamos a pie. Nos movemos en grupo por seguridad, no tenemos armas pero tenemos la esperanza de que al vernos en grupo, los bandidos no se acercaran. Soportamos el frío y el calor, nos vemos forzados a ignorar el hambre y la sed, aferrándonos a la esperanza de llegar a los Estados Unidos, se dice que ahí podremos encontrar trabajo, no se qué esté pasando (Primera Guerra Mundial) pero necesitan gente para arar los campos y trabajar en las fábricas, así que esa es nuestra esperanza.
En una noche helada escuche a una mujer llorar con un bebé en los brazos, algunas personas quisieron ayudarla, yo ni si quiera quise acercarme. Esa criatura llevaba muerta varias horas, supongo que tiene gracia, decenas de caudillos dicen pelear por nosotros pero prefieren ignorar que nos vamos para no morir bajo su metralla, poco les importa la desesperación y el dolor que dejan a su paso, un abogado que vivía cerca de mi pueblo llego a decirme que era algo natural y no podía evitarse, el pobre abogado terminó frente a un paredón a causa de unas cartas que le encontraron, nadie logró saber que decían esas cartas o quiénes eran los hombres que le dieron muerte durante la madrugada sin que nadie se diera cuenta.
Al llegar a la frontera, nos encontramos con un grupo de soldados yankees, nos miran con recelo y algunos acarician el gatillo de sus armas. Me siento fatigado pero recuerdo lo que me espera si regreso, detrás de mí no hay nada más que desolación, así que sigo avanzando, conseguiré un trabajo para poder tener algo que llevarme a la boca, suspirare por los recuerdos de mi patria que dejo atrás y quizá un día llegue a olvidar el hambre y el miedo que cubren a México.
Gabriel Rodríguez Orozco
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