Inicio Columnas La caída de Don Porfirio

La caída de Don Porfirio

0

La verdad era que Francisco Carvajal no tenía ganas de estar ahí, detestaba el calor, no soportaba las miradas de odio y tragaba saliva cada dos minutos al ver como un rebelde acariciaba el revolver al verle, pero no le quedaba de otra. El era simplemente un funcionario del gobierno, lo malo, que lo era del gobierno al que todos odiaban.

El edificio de la Aduana Fronteriza era custodiado por hombres mal encarados y armados con fusiles. Llevaban tiempo negociando y ahora comprendía que a Díaz ya no le quedaba otro camino más que la derrota. El primero en saludarlo y ofrecerle un asiento fue el responsable de todo el desastre. Francisco I. Madero, ese hombre los tenia bien puestos, se atrevió a enfrentarse al general Porfirio Díaz, cualquier otro se hubiera resignado pero él no, después de que Díaz le robará la elección, este hombre, que parecía ser tan simple y pusilánime, decidió que si no era por las buenas sería por las malas.

Carvajal se acarició los bigotes, pasó la mirada de uno en uno de aquellos que tendrían ahora el destino de México en sus manos, el primero era Madero, el cual sonreía consciente de que este era su triunfo, más que el de cualquier otro, la victoria sobre el régimen de Díaz era de él. Junto a Madero se encontrada Vázquez Gómez el que fuera candidato a vicepresidente y Pino Suárez quizá el más leal del partido antirreeleccionista, los tres representaba a la revolución.

-¿Estamos de acuerdo, señor Carvajal?- preguntó Madero sin dejar de sonreír. Carvajal se encontraba en Ciudad Juárez representando al gobierno de Díaz y tenía una sola misión: Poner fin a las hostilidades. Antes de responder dio un suspiro “si el general fuera joven” pensó Carvajal y recordó todos los informes que había leído en la Ciudad de México. Villa y Pascual Orozco acaban de tomar Juárez y por si fuera poco Zapata atacó Cuautla, fue una batalla donde los combatientes se vengaron de años de pobreza y humillación, ese escenario se repetía por muchas partes de México.

-estamos de acuerdo- respondió Carvajal, jugaba en el banco de los perdedores, el no iba a negociar, él solo debía asentir.

-Díaz y su vicepresidente, tendrán diez días para renunciar a sus cargos, eso pondrá fin a las hostilidades- dijo Pino Suárez, clavando en Carvajal esa mirada seca y firme que le caracterizaba -aunque lo mejor sería que se fuera del país- Carvajal se guardó sus opiniones y todo lo resumió en tratar de igualar la mirada de Pino Suárez -¿Quién puede garantizar la vida del General?

-no lo tome a mal- agregó Madero -Díaz se ha formado enemigos a lo largo y ancho del país, aun así, le doy mi palabra, si esto se cumple no se tocará una sola cana de don Porfirio.

Con un nudo en la garganta, Carvajal aceptó cada uno de los puntos que los rebeldes le impusieron ¿Qué otro camino le quedaba? Sin nada ya por hacer, Carvajal se despidió de Madero y abandonó el edificio, mientras salía logró escuchar a Pino Suárez -muchas felicidades, señor presidente- Carvajal no pudo comprimir una risa burlona y pensar para si mismo mientras se alejaba del lugar “¿Quién iba a pensar que así se acabaría el poder de Porfirio Díaz? Ojalá que Madero tenga bien sujetos ‘los hilos’ porque si llega a faltar, todos esos rebeldes se van a matar por ambición” Carvajal llegó a escuchar a Díaz relatar tantas veces sus anécdotas de su llegada al poder, decía que México era un tigre que sólo él pudo domar.

Nadie pudo adivinar que la revolución tan sólo había comenzado.

uncapituloenmexico@gmail.com

Salir de la versión móvil