La Segunda Guerra Mundial es un periodo histórico que nos ha dado toda clase de héroes y villanos. Sobran las loables historias admirables como Oskar Schindler, y también la de los más inescrupulosos uno particularmente despreciable fue Bernardus Dries Riphagen, quien al ser un importante mafioso en Holanda cuando estalló el conflicto, traicionó a cuanto bando pudo.

Riphagen nació en 1909 en Ámsterdam, siendo hijo de una madre ausente y un padre alcohólico qué en vez de cuidarlo, lo envió a enlistarse en la marina.

Lo cierto fue que Riphagen no aprendió los valores castrenses, sino que al viajar a Estados Unidos, conoció a los más importantes mafiosos de ese país y aprendió todo cuanto pudo. Al volver a Europa desertó, empezando sus andanzas en el crimen organizado.

Riphagen dominó el bajo mundo holandés durante los años treinta y cuarenta. Le encantaban las joyas y los autos costosos, y no desperdiciaba la oportunidad de contrabandearlos. De manera inevitable, la Segunda Guerra Mundial estalló en Europa y él comenzó a colaborar con los nazis, a quienes les servía mucho porque sabía contactar a todo el bajo mundo.

LAS PERSECUCIONES

Entonces, comenzaron las persecuciones de judíos, y Dries Riphagen estaba al frente de los operativos. Su trabajo era el habitual de cualquier hombre afiliado al Reich: buscar judíos y entregarlos a los campos de concentración… sin embargo, el mafioso descubrió un negocio muy fructífero: buscaba judíos y les prometía que, si ellos le daban sus tesoros familiares, él los dejaría escapar.

¡Pero todo era una mentira! Cuando le daban joyas, relojes caros y dinero, de todos modos Riphagen los entregaba a los hombres de la esvástica. Fingía ser amigo de los perseguidos, se tomaba un café o un té con ellos e incluso, les ofrecía certificados falsos, que conseguía gracias a sus vínculos con el crimen organizado. El negocio del delincuente era redondo. En primer lugar, le pagaban  7 y 40 florines por persona, y en segundo, se quedaba con las joyas de gente que de forma inevitable, matarían en cámaras de gas.

Pero su plan no podía durar para siempre. Con el paso del tiempo tanto los nazis como la resistencia se dieron cuenta de sus acciones y comenzaron a perseguirlo. También lo buscaba la policía holandesa, pues era un gángster responsable de la muerte de 200 millones de personas y tenía millones en bancos suizos. Todos lo odiaban y no podía quedarse en su país, así que tuvo que escapar, de la manera más increíble posible.

LA HUÍDA

Ayudado por antiguos amigos, Bernardus Dries Riphagen salió de su país en una carroza fúnebre, escondido en un ataúd. Después, viajó a España en bicicleta. Una vez en Barcelona esperó a que terminara la guerra y se le perdió la pista.

Lo que tiempo después se supo es que encontró refugio en Argentina, aprovechando las relajadas leyes de acogida a extranjeros provenientes de Europa. En tierra sudamericana dejó atrás su pasado criminal,  convirtiéndose en un amoroso hombre de familia. Su hijo Rob no supo las verdaderas acciones de su padre hasta mucho después, y tuvo que soportar el escarnio público.

Riphagen murió en 1973 a causa del cáncer en una prestigiosa clínica suiza. Hoy en día se le recuerda como uno de los peores criminales de los Países Bajos, y ha inspirado un libro y una película. Pero, como hemos mencionado en esta columna en otras ocasiones, la realidad siempre es más asombrosa.

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