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El Camino de los Condenados ‘Un Capítulo en México’

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Noviembre, 1910.

Algunos dicen que Porfirio Díaz trajo paz y progreso al país, otros más, que había un México antes y después de Don Porfirio. Yo solo sé dos cosas, jamás vi al Presidente y él es responsable de mi destino.

Un amigo de la infancia me convenció de asistir a ciertas reuniones de carácter cuestionable. En aquella reunión se habló de tres cosas: el presidente ya era viejo, la nación debía cambiar y de los cientos de rumores que corrían sobre lo que le pasaba a los que se atrevían a cuestionar al Gobierno Federal.

Era extraño, años atrás, la mayor parte del país veía a Díaz como su salvador, aquel que después de años de corrupción, violencia e ignorancia por fin pondría a México en el camino correcto, a decir verdad, lo hizo, pero ¿a qué precio? El dinero en manos de pocos, el hambre en el estomago de muchos y el dolor se esparcía como peste por todo el territorio.

Llevo días viajando en tren, el inicio de mi viaje fue sorpresivo. Me encontraba dormido, el sonido de gente corriendo dentro de la casa fue lo que me despertó, la puerta de mi habitación se abrió de golpe, tres sujetos entraron y uno de ellos se acercó mucho a mi cara para asegurarse que era yo al que buscaban -muévete- dijo sin alzar la voz y dándome un golpe en la cabeza, fue hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad que me percaté que me habían golpeado con una pistola.

Al salir de casa subimos a un carro hasta alcanzar un tren que abordé con destino desconocido.

Al ver a mi alrededor me encontré con rostros abatidos, nadie que viajaba en ese tren tenía esperanza alguna. Días después, a empujones y mentadas, abordamos un barco en Veracruz, creo que jamás sentí tan lejos la Ciudad de México y mi hogar.

Me acomodé en una esquina de la bodega del barco, sólo en ese momento de quietud me detuve a observar. La mayoría eran indios Yaquis, esos llevaban mucho tiempo haciéndole la guerra al gobierno de Díaz, porque si el Presidente era malo, aquellos que le seguían y que gritaron su nombre en pro del país, esos hombres que podían ver “la verdad” mientras otros eran ilusos, esos eran peores que su caudillo. Los Yaquis se limitaban a defender lo que era suyo pero el poder del ‘caudillo demócrata’ no tenía tiempo para pequeñeces, por eso confiaba en sus hombres y les dejaba hacer y deshacer. Muchos de mis compañeros de viaje eran niños, sus padres murieron en su camino por montes y valles a pies descalzos, sin agua y sin piedad, yo era el único que se encontraba realmente solo, no era yo un yaqui o miembro de alguna comunidad, a la gente como yo, se le aplicaba la ‘Ley Fuga’ o simplemente se le desaparecía, quizá estaba en ese viaje por accidente pero cual fuera la razón, empezaba a entender que no volvería a sentirme libre.

Finalmente, al terminar el viaje en barco, llegamos a Yucatán, muchos comenzaban a mostrar señales de fatiga y de mi parte, desde el segundo o tercer día en que subí al barco, un terrible dolor de cabeza no me había abandonado. Fue una marcha agotadora hasta llegar a un punto de control, en el que varios soldados del Gobierno Federal ordenaron el alto –»que detenga esto»- rogué para mis adentros, pero la poca esperanza que albergaba murió al ver que los soldados sonreían y tras unos saludos continuamos la marcha.

Parecía el despertar a una pesadilla, frente a nosotros se encontraba un campo de esclavos, a vista de cualquiera y sin la protección de nadie -un mes- dijo uno de los soldados que vigilaban nuestro andar cuando preguntaron cuánto tardaría en morirme en ese lugar.

En ese lugar se alimentaban los grandes adinerados del régimen de Porfirio Díaz, cientos de miles de hombres, mujeres y niños secuestrados de sus hogares y obligados a trabajar en las haciendas que les verían morir.


Gabriel Rodríguez Orozco

uncapituloenmexico@gmail.com

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