Excuse me
Ir de vientre, plantar un pino, quitarse un peso de encima, llenar unos papeles, liberar a Willy, hacer un sudoku, descomer… En una persona saludable es un proceso sencillo, natural y necesario para el buen funcionamiento del cuerpo, pero el producto resultante es desagradable y no nos pondremos descriptivos al respecto. El asunto es que salvo algunas pocas personas con graves trastornos psiquiátricos, prácticamente nadie siente apego alguno a sus propias excrecencias. Una vez que desaparecen dando vueltas preferimos fingir que nunca existieron. Adiós y hasta nunca.
En la antigüedad era normal que los desechos corporales se depositaran directamente en la tierra. Supongo que algún grado de pudor era necesario, pero bastaba un buen árbol o matorral para orinar o defecar -cuyos códigos internacionales son “hacer del uno” y “hacer del dos” respectivamente- y seguir caminando con mayor ligereza. Era probable que jamás volviera a usar ese árbol para tal fin. Entonces la naturaleza hacía su magia y se encargaba de absorber, evaporar, degradar y procesar lo apestoso y convertirlo en un elemento más del ciclo de la vida.
Los problemas surgieron después, cuando no había suficientes árboles en la cercanía para proveer tal servicio a los humanos que cada vez eran más y pasaron de ser nómadas a quedarse todos juntos en ciudades. Cambiaron las circunstancias, pero no la imperiosa necesidad de vaciar la vejiga y el intestino y como resultado era imposible ir a hacer lo propio sin cruzar un campo minado -por no mencionar que los días de campo eran cada vez más desagradables- Entonces a alguien -no se sabe con exactitud quién ni cuándo- se le ocurrió hacer la primera letrina. Éste invento además de solucionar el problema de higiene y mejorar considerablemente el aroma de las ciudades, permitió al ser humano un lugar privado y cómodo para sentarse a liberar la tensión intestinal.
Me atrevo a decir que la posibilidad de sentarse a reflexionar y leer mientras se lleva a cabo la evacuación impulsó el desarrollo filosófico y artístico de la humanidad, sin embargo hacerlo en la letrina era incómodo para el olfato… No es coincidencia que el primer inodoro con cisterna fuese inventado por un poeta. Su nombre era Sir John Harrington y era amigo de la reina Elizabeth Primera de Inglaterra. Por lo que entiendo era un tipo genial que diseñó un asiento conectado a una cisterna que limpiaba la tasa y almacenaba el resultado en un bote que luego había que vaciar (recordemos que no había drenaje). Todos nos sentamos por lo menos una vez al día en artefactos inspirados en su invento y sin conocer su obra poética hay quien toma la broma fácil y le llama “poeta de mierda”. Tal vez de sus letras lo más que conozcamos son las iniciales de Water Closet nombre que le dieron a su invento en la corte. Me parece injusto y por eso traduje dos versos de su poema “Belleza”:
Tal color tenía su rostro como cuando el sol
Brilla entre las nubes de primavera placentera
(Ok, no es mucho, pero es más de lo que sabíamos esta mañana sobre la obra poética del inventor del inodoro)
Con el paso del tiempo el retrete evolucionó hasta lo que es ahora: un recipiente que se encuentra en un lugar cerrado y al que se va solo. Ahí exorcizamos nuestros demonios, expulsamos lo impuro para que finalmente gire unas cuantas veces y sea succionado por el olvido. Es común incluso tener la cortesía de prender un cerillo o rociar aromatizante para que no quede ni el fantasma de lo que acaba de salir de nuestro interior.
Es un lugar tan común que le tenemos varios nombres: Tasa, inodoro, retrete, wáter, aseo, servicio, evacuatorio, trono de porcelana… pero mi nombre favorito es excusado. Es natural que tengamos aspectos de nuestra personalidad que a nosotros mismos nos cause desagrado, o que cometamos acciones ruines, pero cuando nos excusamos pretendemos que cualquier cosa apestosa que hayamos hecho desaparezca ante lo imperativo de nuestra justificación o lo sentido de la disculpa… como cuando bajamos la palanca o apretamos un botón y el remolino se lleva los desechos de nuestra digestión.
El problema es que nada desaparece realmente y –sin ánimos de ponerme kármico- todo lo que hacemos regresa a mordernos el trasero. El remolino se convierte en agua contaminada y va a parar a algún lugar que dañará el ecosistema y estoy seguro que la humanidad eventualmente se arrepentirá de haber usado agua potable para desaparecer excrecencias. Me pregunto si pasa lo mismo con todas las cosas que sabemos que están mal pero que las hacemos de todos modos por tener una buena excusa.
Espero que no.
notengomeil@gmail.com
