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Crimenes en altamar

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La tragedia marítima por excelencia, es la del transatlántico más famoso de la historia: el RMS Titanic. Se han escrito miles de libros y filmado infinidad de películas y documentales, destacando el trayecto, el lujo y las miles de anécdotas, como los músicos tocando hasta el último momento o su tamaño y velocidad.

En el llamado ‘Insumergible de los mares’ viajaban 2,223 almas. Cada con su muy particular crónica y narración de vida. Es cierto que muchas fueron honestas, pero el crimen permea en todas y cada una de las acciones humanas así como la necesidad de hacer justicia.

Es cierto que en el Titanic hubo criminales a bordo, después de todo era una embarcación inmensa. Uno de ellos era William Nutbean, quien en su momento fue uno de los delincuentes más despreciados de Southampton, la ciudad inglesa que vio zarpar al barco. Nació el 16 de septiembre de 1881 y a lo largo de su vida fue como un personaje inventado por Charles Dickens: hijo de un padre alcohólico y maltratador, se dedicó a la ilegalidad desde los 8 años. Lo primero que robó fue un paquete de carne de res, pero el juez, al darse cuenta que lo hizo por hambre, se apiadó de él y lo dejó en libertad. Con el transcurrir de los años participó en asaltos a mano armada y robos de diversa índole, entrando y saliendo de la cárcel a cada rato.

Deseoso de probar suerte en América, se embarcó como fogonero en el Titanic a los 31 años acompañado de su amigo John Podesta. Ambos viajaban con tranquilidad, hasta aquel fatídico choque de la proa con el iceberg. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, William y John ayudaron a bajar los botes salvavidas y cooperaron para evitar que muchas personas murieran ahogadas. Como si aquel evento histórico lo reformara, Nutbean se enroló en la marina y recibió medallas de honor. Murió a los 65 años.

HUÉRFANOS Y ESCRITORES

Otro caso fue el de Michel Navratil, un prestigioso sastre italiano que tras perder la custodia de sus hijos, le pidió a su esposa que los cuidara durante una semana; su plan era secuestrar a los niños y viajar a Nueva York en el Titanic. Consiguió pasaportes falsos y subió a bordo el 10 de abril de 1912 a las 12:00 p.m. Todo lo tenía planeado casi a la perfección, pero como todos sabemos, el destino intervino.

Michel salió a la cubierta y entregó a sus hijos a la gente del bote salvavidas, pues las mujeres y niños eran prioridad. Después murió ahogado y durante muchos años no se supo nada de él, pues al cambiarse el nombre al de ‘Louis Hoffman’ no había forma de identificar el cadáver. Hoy en día, a sus niños, de nombres Edmond y Michel Jr. se les conoce como ‘Los huérfanos del Titanic’.

Pero no todas las historias tienen que ver con delincuentes o gente de dudosa ética. También hubo gente que luchaba del lado de la justicia. Uno de ellos fue el escritor estadounidense Jacques Futrelle. Durante su vida, escribió varias novelas de detectives protagonizadas por el investigador Augustus Van Dusen, muy influenciado en Sherlock Holmes. Jacques viajaba con su esposa en primera clase, y cuando la nave se hundía, se despidió de ella para siempre. La viuda publicó su novela póstuma, dedicada a todos los fallecidos.

Otra de las víctimas de la tragedia fue el destacado periodista inglés William Thomas Stead. Como todo hombre adelantado a su época, realizó reportajes denunciando la prostitución infantil, la trata de personas y defendiendo el derecho a voto de la mujer y la paz mundial. Incluso se le consideró para el Nobel de este rubro. En abrl fue invitado a dar una conferencia en Nueva York, y muy entusiasmado, subió al Titanic. Murió a los 62 años dejando, como muchos otros de los pasajeros, un importante legado.

Estas son solo algunas historias de crímenes y justicia que llevó el Titanic. No cabe duda que en todos lados al luz y oscuridad, desde Southampton hasta Nueva York.

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