Hace unas semanas escuché en la radio a un alto mando —no sé si era la directora de mercadotecnia— del viñedo L.A. Cetto diciendo algo que me pareció una estrategia de mercadotecnia genial. El conductor del programa preguntaba sobre uno de sus vinos conmemorativos, cuya botella va decorada por un artista mexicano y cuya producción se da sólo cada cuatro años.
La directiva optó por no recorrer el camino más simple —que era hablar sobre las características de sabor, cuerpo o estructura del vino— y, en cambio, decidió describir la situación en la que una de sus botellas de vino debe ser degustada. Voy a parafrasear pero dijo algo como: «Mi botella de vino es una experiencia. Es para que tú la abras con tu familia, sentados alrededor de una mesa y que la convivencia se enriquezca, todos mirándose a los ojos y hablándose cara a cara».
Lo que no dijo es que su botella de vino es una defensa contra la despiadada rapidez con que todo pasa en nuestras vidas y contra el sucedáneo de comunicación que hoy en día representa la tecnología. Contra el Whatsapp, el Messenger y parecidos, hoy en día requerimos de una botella de vino para poner un freno, mirarnos a los ojos y utilizar nuestra lengua y nuestros oídos para comunicarnos.
A las mentalidades cerradas o de miras cortas les podría parecer ofensivo que se venda alcohol con estrategias tan elegantes pero, en lo personal, me pareció un ejercicio perfectamente correcto pues pone el acento justo donde debe de ir. Nos equivocamos cuando juzgamos a las sustancias de buenas o malas; cuando queremos depositar en ellas nuestra responsabilidad.
La postura correcta está en asumir que lo que está verdaderamente en juego es nuestra relación con los otros. Desde los otros primordiales —nuestros padres— que forjaron nuestro carácter hasta los otros de nuestra vida cotidiana. Es en esa relación donde se generan las dependencias y adicciones. De esas relaciones es de dónde se puede adoptar y transferir el modelo a otros ámbitos y nombrar entonces: «sustancias adictivas», «juego patológico», «relaciones tóxicas», etc.
Con todo, el yo —nuestra parte consciente— tiene como una de sus principales funciones el desconocer todo aquello que lo cuestione, lo devalúe o lo cargue de responsabilidad. Es mucho más fácil para esta instancia buscar un culpable y decir que la «la maldita droga» le hizo daño que asumir su responsabilidad sobre las propias acciones.
¿Por qué, si no, tenemos patrones recurrentes en las familias de las personas con problemas de adicción? Madres sobreprotectoras, padres con problemas de consumo, antecedentes de violencia, abusos sexuales, padecimientos mentales, etc. Lo realmente loco —y la locura no excluye a quienes se ocupan de la salud pública— es que consideremos que todo esto no impacta —que vivir en un ambiente de constante sufrimiento no tiene repercusiones— y que, lo que inclina la balanza, para una adicción, es el potencial químico o adictivo de una sustancia.
¿Por qué, en lugar de satanizar a las sustancias, no re-significamos nuestra relación con las mismas? La directiva de L.A. Cetto parece entender bien que hay males mayores: la despersonalización de la comunicación y el inmisericorde paso del tiempo. Ante tales riesgos, la sustancia-vino, se ofrece como un medio para la comunicación con los seres queridos. Es decir: la solución a nuestros problemas no está allá afuera, en el mundo de la química o la física, sino entre los otros, nuestros prójimos.
Y ese es el verdadero reto: asumir con responsabilidad nuestra relación con los otros. Fluctuar entre los dos extremos: el alejarnos de los otros —y el sufrimiento que nos generan— y, por otro lado, establecer relaciones de dependencia y fanatismo. Las verdaderas preguntas no son, «¿qué químicos tiene el alcohol o la marihuana?» sino, «¿cómo me comunico con los otros?» «¿en qué cosas dependo y en qué cosas soy responsable?», «¿cómo enfrento la difícil tarea de convivir con mis contemporáneos?» etc.
No en vano, Octavio Paz nos recordaba en su monumental poema «Piedra de sol»: «soy otro cuando soy, los actos míos / son más míos si son también de todos, / para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia».
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