Una casualidad la llevó a encontrar su destino. Sería a partir de las sospechas de una ‘pinta’ que la destacada bailarina Alejandra Ramírez Sánchez encontró su vocación. Oriunda del entonces Distrito Federal, se mudó junto con su familia a Puebla siendo niña y fue ahí donde inició su formación dancística.

“Mi hermana se iba a las clases de danza, yo veía que ella echaba en su bolsa unas mallas y un leotardo, y le dije «si no me dices a dónde vas, le voy a decir a mi mamá que te estás yendo de ‘pinta’». Yo no sabía si se iba de ‘pinta’ o no, y me decía «cállate, luego te llevo». Pasó un mes y luego otro y entonces le dije «ahorita voy a ir a decirle a mi mamá que te estás yendo de pinta», y ya fue que me llevó.

Yo entré con la mentalidad de hacer ejercicio, pero ¡sorpresa!, no era ejercicio. Mi cuerpo no estaba listo para ser bailarín, pero yo me aventé a ver qué pasaba”.

Fue así que se enfrentó al que quizás fue su primer reto en la danza contemporánea: lograr el nivel que ya tenían varias de sus compañeras y compañeros; para hacerlo, se forjó una disciplina estricta y comenzó a entrenar horas extras, pero eso no fue lo único determinante, pues también vivió un momento que lo cambió todo donde supo que quería dedicarse a la danza contemporánea.

“Lo primero que yo vi fue el Ballet Nacional de México, fue la primera compañía que vi de danza (…) vi un dueto que se llamaba Acuarimántima, de Miguel Añorve y Victoria Camero, del Ballet Nacional de México y fue cuando dije «yo no sé qué es esto, pero yo quiero hacerlo»”.

Con la motivación y determinación de ser una bailarina profesional, Alejandra continúo con sus ensayos extras y pronto esa forma de trabajo comenzó a rendir frutos, y del taller coreográfico que cursaba en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla dio el paso a la profesionalización.

Sería un curso impartido por Alejandra Serret el que representó un impulso profesional no sólo para ella, también para su hermana Laura Pilar. En ese curso ambas fueron seleccionadas para integrarse a la recién agrupación Estatal de Oaxaca, que en un año se convertiría en compañía.

En ésta permaneció seis años, posteriormente ella y Pilar regresaron a Puebla, pero sólo para tomar un nuevo impulso y ahora partir a Chiapas, donde por un año formó parte de la compañía de Tuxtla, y aunque se presentó la posibilidad de dirigirla, ella lo que quería era bailar.

Regresó a Puebla y de ahí a la ciudad donde echaría raíces: León. El nuevo capítulo de su carrera dancística comenzó en la Casa de la Cultura Diego Rivera, donde tomaba clases y donde conoció a Juan Caudillo, pilar fundamental de la danza contemporánea en León.

Por más de 25 años formó parte de la compañía Danza Contemporánea de León, de Juan Caudillo y Sylvia Salomón, y años después comenzó una nueva etapa de la mano de su amiga Paola González, a quien conoció cuando impartía clases y con quien abrió su grupo Mínimo Cuerpo. Aunque bailar seguía siendo parte de su rutina, poco a poco comenzó a centrarse más en la docencia, una segunda vocación que abraza con gratitud.

“Cada alumno que tengo, es para mí un descubrimiento y una creación al mismo tiempo, el tiempo que duren conmigo. Desde que entran al salón yo les digo «fuiste tocado por la duela, eres bailarín»”.

Por ese motivo les exige compromiso, disciplina y la capacidad de ‘absorber’ todo el aprendizaje que puedan, que pregunten, que cuestionen, que se preparen.

Tal vez sean esas ganas de que ‘vivan’ el estar en un escenario el que desea compartir con ellos, que así como para ella estar en el escenario representaba seguridad y los nervios quedaban en segundo plano, así sus alumnos ‘vibren’ al estar frente al espectador.

En 2019, la maestra Alejandra recibió el premio Juan Caudillo, en el marco de la II Muestra de Danza Contemporánea, a cargo del Instituto Cultural de León.

Así, más de 30 años han pasado desde que Alejandra Ramírez comenzó su travesía por la danza contemporánea que la ha llevado a tener una carrera sólida, con argumentos de sobra para ser reconocida; pero para ella está claro, esto no se acaba aquí, se trata de seguir aprendiendo porque “siempre hay algo pendiente por hacer…”

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