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‘Un capítulo en México’

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Señor Presidente

21 de marzo, 1864

Era un día especial para él, ya le había dado gracias a Dios por su vida, aunque en esos momentos era difícil sentirse agradecido por algo, México se encontraba infestado por la ambición francesa, Maximiliano de Habsburgo había hurtado el poder de la nación, poder que legalmente le correspondía a él y cientos de traidores moraban los caminos intentando asesinarlo. Todas las cosas parecían en contra, pero no se iba a dar por vencido, Benito Juárez nunca se daba por vencido.

Nació en una familia humilde, la injusticia y el hambre fueron un pan de cada día. No deseaba morir así, morir en la terrible pobreza que le rodeaba, y guiado por su propia ambición, abandonó su pueblo natal en busca de una vida mejor.

Para sorpresa de muchos, se convirtió en abogado, dedicándose a defender a los desprotegidos de los abusos de los poderosos. Comprendió los males que lastimaban a la nación y, casi sin darse cuenta, siendo guiado por su ideales y su propio genio, llegó a ser gobernador de Oaxaca. Entonces conoció el poder tiránico, Santa Anna tenía que deshacerse de aquellos que estaban en su contra y así, sin más culpa que sus ideales, fue expulsado del país.

La vida de Juárez estuvo siempre envuelta en sorpresas, como lo fue el inesperado momento de regresar, México se encontraba en guerra en busca de la libertad, pero necesitaban líderes, y Juárez regresó al país para verse inmerso en años de derramamiento de sangre.

Después de la guerra fratricida, cuando los conservadores parecían estar derrotados, tras cambiar las leyes para que México conociera la justicia, la igualdad y el progreso, pero esto no lo hizo solo, Juárez se rodeó de gente íntegra, con personas que simbolizaban el gran paso al futuro, como Lerdo de Tejada, Santos Degollado, Guillermo Prieto y muchos otros. Juárez era la cabeza de aquel grupo, aunque en ocasiones sintiese que fuese el menos adecuado para dirigir tan esplendido grupo y, sin embargo, él, un humilde hijo de San Pablo Guelatao, fue electo Presidente de una nación desangrada.

Y ahora, cuando se creía que los años más oscuros quedarían atrás, la invasión francesa sumergió a México en tinieblas.

El ejército de la República mexicana se convirtió en una resistencia, dispuestos a dar la vida antes que rendirse ante el imperio francés, y Juárez entendió el lugar que le correspondía interpretar, tenía que mantenerse vivo, debía guiar la resistencia, únicamente él simbolizaba la esperanza de mantener la autonomía de México, pensaba en cuánto deseaba proteger a su amada Margarita y en los amigos que dejó en el camino, como Melchor Ocampo, asesinado años atrás.

-Dios mío- Juárez se limpió el sudor frío que le venía de la frente, se sentía agobiado ¿Cómo vencerían a los franceses?

-Señor- un teniente anunció su llegada a las habitaciones de Juárez, unas provisionales.

-Pase, por favor- el hombre entró, Juárez había envejecido tan rápido, víctima del enorme peso que cargaba en sus hombros -¿Qué pasa teniente?

-Su carruaje está casi listo.

-El carruaje- dijo Juárez, imaginando su carruaje negro como el santuario de la esperanza de la democracia –partiremos cuanto antes.

-Como ordene- el teniente estaba por salir de la habitación, pero antes de desaparecer giró para ver a Juárez, se encontraba solo, adulado por quienes le admiraban e impulsado por sus amigos, pero solo al final –señor presidente, felicidades por su cumpleaños.

-Gracias- respondió Juárez, sonriendo ante la mirada nerviosa de aquel soldado que confiaba totalmente en él.

uncapituloenmexico@gmail.com

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