León, Guanajuato, 1833
Caminaba muy lento, siempre solía hacerlo cuando debía de atender a un moribundo. ‘Dar la extremaunción, no es lo mejor de seguir el camino de Cristo’, decía el joven párroco, ‘existen cosas para las que no hay escape, como la muerte’.
Era joven, inexperto ante cientos de cosas de la vida ¿Cómo iba a saber el pobre párroco lo que iba a encontrarse tras la puerta del moribundo? No existía forma de estar prevenido para enfrentar al fantasma que había paseado por la mitad de Europa y que ahora venía a posarse en México. La mujer del moribundo se encontraba abstraída, manteniendo ese semblante huidizo que se les queda a los que van aceptando que la muerte nos llega tarde o temprano y que la vida parece tan poca cosa.
Al ver entrar al párroco, la mujer se arrojó a sus pies, besó su estola, le sujetó fuertemente de las manos, llenándoselas de besos y lágrimas –resignación hija, Dios le acogerá en los cielos. ¿Dónde está él?- preguntó el párroco después de tratar, no con mucho esfuerzo, de consolar a la futura viuda ‘al menos obtendrá un gran beneficio’ pensó el párroco, el moribundo tenía muchas tierras de cultivo e incluso minas ¿Qué podría llegar a faltarte a ella?
Se quedó mirando la puerta del moribundo, revisaba la biblia, quería entrar con el versículo en los labios –padre- la esposa le interrumpió, le ofreció un vaso de agua, éste se limitó a sonreír, beber y dar las gracias por la atención. Entonces empujó la puerta, el moribundo se encontraba recostado en una cama y un pestilente olor escapó de la habitación, el párroco tuvo que cubrirse la nariz con su estola y reprimir las náuseas que aquel olor le provocaba, se acercó, con pasos lentos, pero asegurándose que sus zapatos hacían el suficiente ruido para ser escuchado, y mientras más cerca estaba de la cama, el olor le era más insoportable.
-Dios mío, no me jodas- blasfemó el párroco, pues frente a él, tirado en una cama se encontraba el moribundo, recostado sobre su propia mierda, con los ojos hundidos, los labios partidos y ensangrentados, teniendo más hueso que carne. El párroco dio un paso atrás cuando el moribundo trató de incorporarse para vomitar algo que no era capaz de describir –padre- el moribundo reconoció la figura del joven párroco –su… bendición- apenas si lograba mantenerse consciente y el párroco susurró –Cólera Morbus- el hombre de Dios se hallaba frente a la enfermedad que recorría el mundo entero, a la que consideran una maldición mandada por Dios contra México porque su gobierno había prohibido el cobro de diezmo y por excluir a los curas de las actividades políticas.
El párroco buscó los aceites para ungir al pobre desgraciado pero la mirada penetrante del Jesús crucificado sobre la cama del enfermo le distraía constantemente y la respiración pesada del agonizante lograba taladrarle el cerebro, llenarle de miedo y querer salir cuanto antes.
La enfermedad se propagó con gran velocidad, los arrieros la llevaron de una ciudad a otra y los pelotones de soldados que se movían constantemente la convirtieron en epidemia.
Una vez que encontró el aceite se acercó al hombre, no deseaba tocarle –padre- repitió el enfermo, ardía en fiebre, no era capaz de centrar su mirada y de sus labios corría un hilo de vómito amarillento –deme… deme su bendición.
Un temblor se apoderó de sus manos, trazó la señal de la cruz en la frente del enfermo, recitó las palabras memorizadas para ese momento y ahorrándose la fatiga de quedarse hasta que exhalara su último aliento, el párroco dejó la casa del agonizante, ni siquiera se despidió de la esposa, sólo deseaba volver a su iglesia.
Al cerrar la puerta tras de sí, volvió a respirar con calma y, sin embargo, seguía temblando, fue su recuerdo el que lo llenó de pavor. En su mente recreó el momento en que su mano fue besada por la mujer del enfermo, recordó el agua que tomó antes de enterarse de la verdad, al mirar su estola recordó la manera en que la futura viuda le había sujetado y besado -¡no!- gritó, quitándose la estola para arrojarla al suelo.
Por primera vez en su vida, al mirar las sombras que se formaban entre las bancas, tras las imágenes y en las esquinas, se imaginó esas sombras como las garras de la muerte.
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