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‘Un Capítulo en México’

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Milagro en Las Islas Marías

Muchos dirían que era imbécil o un prospecto de santo, yo les digo que no era ni lo uno, ni lo otro. El padre Trampitas, como le decíamos la mayoría, se encontraba en la prisión de Las Islas Marías, con el único objetivo de salvar a todas las almas de aquel lugar. A diferencia de otros, el sacerdote Juan Manuel Martínez, el padre trampitas, no llegó encadenado, ni sujeto por un par de enormes custodios que antes te pegaban un tiro que permitirte correr diez metros.

Sí, las islas eran una prisión, pero no cualquiera. ‘Arriba de siete’ era la frase que lo describía, todos a los que el democrático y justo gobierno de México mandaba a las Marías, al menos habían asesinado 7 veces, o el crimen era demasiado atroz para recordarlo. Los hombres y mujeres que se encontraban presos eran lo más parecidos a los demonios.

Cuando el padre trampitas nos veía en los trabajos forzados, se nos venía sonriendo, y si alguno osaba maldecir el día, sus trabajos, su suerte o a Dios –dan ganas de romperte la boca- decía aquel sacerdote, olvidándose de que hablaba con personas culpables de asesinatos, violaciones, robos y demás atrocidades –dedíquenle el trabajo a Dios, den gracias porque tienen algo qué ofrecerle- le mirábamos fijamente, pensando que trataba de engañarnos, o sí era idiota, pero sabía bien que debía de predicar con el ejemplo. El sacerdote no gozaba de privilegios, comía lo que nosotros, trabajaba con nosotros y dormía tan incómodamente como nosotros, eso sí que era de admirar.

No todos querían al sacerdote, no todos se rendían ante su necedad y buscaban en Dios el consuelo para su mala conciencia, otros le miraban con odio e incluso se la tenían jurada.

A la isla llegó un nuevo compañero de destierro, un hombre que había sido luchador, torero, ladrón y, finalmente, asesino. Su madre le dio el nombre de José Valentín, la farándula le recibió como ‘Pancho Valentino’ y los periódicos le regalaron el apodo de ‘El Mata Curas’, por aquello de haber matado a un cura de una manera horrible.

Cuando llegó a las Marías, lo primero que hizo fue odiar al Padre Trampitas, fue un odio inexplicable. Un día se acercó al sacerdote, este ya lo conocía, una vez le vio luchar, era un hombre grande y fornido –yo soy Pancho Valentino, el ‘mata curas’ hee- aquello era una advertencia, una muy clara, cualquiera se hubiera ido con la cola entre la patas, pero el padre tenía lo que se debía que tener –pues mira- respondió el sacerdote –yo soy el padre trampas, el que mata a los ‘mata curas’, y no te me enchueques que te lleva la chingada- después de un intercambio de malas miradas, ambos hombres se alejaron y se negaron la palabra.

Tras años de condena, Valentino decidió que era momento de arreglar cuentas con el padre trampitas. El sacerdote se encontraba en la sacristía, acababan de sonar el toque de queda cuando escuchó cerrarse la puerta –entra Pancho- dijo sin si quiera voltear a ver al hombre que pretendía matarlo.

-¿Estamos solos?- preguntó Valentino.

-Nomás Dios está con nosotros.

-Camine, vamos al sagrario.

El sacerdote y el ‘mata curas’ se dirigieron al sagrario. La imagen de Jesús crucificado los miraba desde lo alto y las velas creaban sombras que danzaban, como si estuviesen ansiosas por ver el desenlace.

–Ya estamos aquí Pancho, ¿qué querías?

-Pues enséñeme como usted dice que ora con Dios ¿Cómo se ora?

-Mira Pancho, ya se a lo que vienes, lo que has de hacer hazlo pronto, te prometo no meter las manos para defenderme- el asesino se le quedó mirando, cerró sus puños haciendo tronar sus dedos, y antes de echársele encima al sacerdote.

-¡Ya no madrecita!- dijo Valentino con una voz llena de terror –mátame si quieres, pero perdóname- el asesino observaba fijamente la imagen de la Virgen de Guadalupe y le hablaba como si aquella le estuviese reprendiendo -Señor, Dios, perdón, perdóname Señor, perdóname- Valentino cayó de rodillas y dejó escapar el llanto que sólo se escucha en los condenados a muerte.

Incapaz de asesinar al padre trampitas, y verdaderamente arrepentido, Valentino se convirtió en el más devoto de aquella endemoniada isla, asistía cada día a misa, todos los viernes cargaba una cruz de madera que él se mandó a hacer como sacrificio por sus pecados, y tiempo después murió víctima de ataques epilépticos, para los que no hubo remedio alguno, y el padre trampitas, después de 30 años dedicando su vida a los presos, murió en el las Marías, dejando como última voluntad el ser enterrado junto a sus amados presos, junto a los asesinos más peligrosos de México.

                                                               uncapituloenmexico@gmail.com

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