Indomable.
Ciudad de México. Junio de 1817
En los pasillos del convento de Santa Catalina de Sena, un hombre cansado, confundido y enamorado, se pasea a la espera de ver aparecer a la mujer que es responsable de su fatiga y sus sentimientos.
-Buenos días, don Miguel- saludó la madre priora del convento. Miguel Domínguez apenas escuchó el saludo, su mente se encontraba ocupada dando un viaje en sus recuerdos. Le parecía que el tiempo había pasado demasiado aprisa, tanto que quizá no disfrutó lo suficiente.
Su vida no era despreciable, había reído y llorado como cualquiera, pero fue en 1791 cuando supo lo que realmente era aquello que tantos escritores se empeñaban en describir. Se encontraba de visita en el Colegio de San Ignacio de Loyola, en ese tiempo era un joven abogado abriéndose paso en las altas esferas del gobierno virreinal de la Nueva España, y nunca pensó que en esa visita, mientras observaba un grupo de estudiantes que se sonrojaban e intercambiaban risas, iba a verla a ella, existía algo en aquella chiquilla que Miguel no podía describir –buenas tardes- fue muy tarde cuando se dio cuenta, él no dio el primer paso, fue ella quien se acercó, le sonrió y extendió su mano –Josefa Ortiz- dijo la joven, y Miguel, como si de un adolescente se tratara, con ‘calambres’ en la lengua sin poder decir ‘esta boca es mía’.
-u u un placer- dijo finalmente y sostuvo por primera vez la mano de Josefa.
Desde ese momento quedó perdidamente enamorado de Josefa. Ella no era como las demás mujeres, no como las que conocía Miguel, tenía un carácter fuerte, indomable y temerario para defender sus ideas. Pronto se casaron evitando que el matrimonio agriara su amor, y años después Miguel fue nombrado Corregidor de Querétaro y Josefa fue conocida como la ‘Corregidora’, pero no sólo por ser la esposa del funcionario, la gente le llamaba así porque defendía a criollos e indios por igual y siempre que le era posible, más no sensato, decía –igualdad, lo que necesitamos es igualdad- los hombres se sorprendían, las mujeres la admiraban y Miguel veía fijamente a su esposa, amándole por ser tan autentica. Josefa tenía un espíritu no propio de su tiempo, pero el destino le exigió hacer el más grande de todos los sacrificios.
En 1810, después de que Napoleón tomara España, Miguel y Josefa abrieron las puertas de su hogar con la intención de alzarse en armas para derrocar al gobierno, y todo parecía en orden, pronto asumirían el poder y harían que todas las injusticias quedaran en el pasado, pero el destino siempre avisa. Cierta noche, Miguel regresó a casa temblando de pies a cabeza, y al ver los ojos de la mujer que amaba, el pánico se apoderó de él.
Le tomó del brazo llevándole hasta su habitación -¡Miguel, suéltame!- era la primera vez que escuchaba en su voz una rabia contra él -¿Qué está sucediendo?- Miguel cerró la puerta con llave.
-lo han descubierto todo- dijo
-debemos de avisar al capitán Allende- la voz de Josefa se clavó en el corazón de Miguel ‘nuestras vidas penden de un hilo y ella aún tiene cabeza para pensar en luchar por los demás’, pensó.
-ya es muy tarde- le respondió alejándose de la puerta –te amo- Miguel dejó a Josefa encerrada, deseaba protegerla, nada le aterraba más en la vida que perderla.
Pese a sus intentos por protegerla, ambos fueron arrestados, y su amada Josefa pasó de un convento a otro como una vulgar prisionera, Miguel trató de ayudarle, pero la venganza de los peninsulares fue imparable, y por fin, tras 7 años de cautiverio, después de todo el tiempo perdido, estaban por volver juntos, tomados de la mano sin importar lo que la gente susurrara sobre ella, volverían a estar juntos.
El virrey Apodaca le concedió la libertad, vivirían tan pobremente que un poco de comprensión no le haría mal a nadie.
Miguel se refregaba las manos, y al verle aparecer, pese a los años transcurridos, le pareció la mujer más hermosa de todas y la fiereza de sus ojos no había desaparecido, ‘es verdaderamente indomable’, pensó al momento que se juraban amor con un beso.
