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Un capítulo en México

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Armas Nacionales

5 de mayo. 1862

¿Quién iba a decirnos que esto acabaría así?

Mi padre me habló de la guerra contra los yankees. Las historias de aquel tiempo se encuentran bañadas en desgracia, impotencia y dolor.

Los Estados Unidos nos hicieron pedazos, obligaron a toda una generación a clavar la mirada al suelo. Rogábamos para que no volviese a pasar, pero Dios no se ocupa de esos asuntos o le importa poco lo que una patria haga contra otra. Y los franceses aparecieron con un hambre insaciable de expansión.

Nos encontrábamos solos, como siempre lo estuvimos, divididos, empobrecidos, apenados por nuestras antiguas derrotas, con centeneras de traidores que miraban con una sonrisa insana la aparición del Conde de Lorencez, comandante al mando del que se decía ser el mejor ejército del mundo, herederos del manto destructivo que Napoleón Bonaparte desplegó por Europa.

El presidente Juárez, con las manos a la espalda, observó el horizonte desde palacio nacional, se dijo que no durmió en toda la noche, que se hallaba intranquilo, presa de un terrible presentimiento. Nosotros estábamos en Puebla, bajo el mando de Ignacio Zaragoza, con un sentimiento de derrota que poco a poco se nos metió en el pecho.

Pasamos una terrible noche, esperando que en cualquier momento se escuchara el tronar de los cañones enemigos. La mayoría de nosotros éramos voluntarios, sin gran experiencia militar, sin la seguridad de una paga y pobremente alimentados.

Ni si quiera nos dieron tiempo de darnos cuenta de lo que pasaba, cuando ya nos encontrábamos a la espera de la embestida francesa, esa mañana del 5 de mayo, nos jugábamos todo a una sola mano. En cuestión de segundos, todo se volvió un ruido estridente de explosiones, de metralla golpeando el suelo, el relincho desesperado de caballos, los gritos de los enardecidos y de los heridos, un ir y venir de órdenes, el aire se infesto de olor a sangre, vísceras y pólvora.

Los franceses eran veteranos en combate, bien adiestrados y conocedores de tácticas de guerra, sobre cualquier cosa, ambicionaban nuestro territorio, les importaba un bledo el pago de la deuda, sólo querían destruirnos, y estaban seguros de hacerlo, así lo dijo el Conde de Lorencez en su carta al emperador de Francia: “Tenemos tal superioridad de raza, que, desde hoy yo soy el dueño de México”, así, sin más, ya nos daba por derrotados.

La batalla llegó al esplendor de la barbaridad, cuando todo se reduce a la lucha cuerpo a cuerpo, el momento en que tienes la oportunidad de ver los ojos de tu asesino o te guardas en la memoria los del infeliz que mandas al otro mundo. El momento en que te olvidas de la razón que te ha llevado ahí, luchas porque deseas vivir, quieres tener tiempo de arrepentirte de todos tus errores antes de que alguien te atraviese el pecho con el sable o te destroce la artillería.

Ya no sólo nos cubría el miedo, un aguacero se soltó sobre el campo de batalla, los pies se atascaban en el fango, resbalabas si intentabas correr y la visibilidad se cortaba por momentos.

Los franceses parecían indetenibles, no por nada eran los hijos de la grande armeé, fue por ello que quedamos pasmados cuando vimos huir en retirada al ejército invasor, siendo perseguido por el sexto batallón de Puebla, conformado por indios descalzos. Peleando con machetes, piedras, ondas o a mano desnuda, era un espectáculo improbable de observar una segunda vez. Entonces escuchamos la voz del general Díaz -¡A la carga!- fueron afortunados, los alcanzamos con el sable, en cambio, otros terminaron aplastados por el veloz avance de la caballería.

Ahora, mientras los jinetes regresan de la persecución, paseamos en el abandonado campo de batalla, el general Zaragoza manda una pequeña parte a la ciudad de México y nosotros observamos el resultado, ese que nadie más tendrá la oportunidad de ver.

Vemos el precio de la gloria, los cadáveres del enemigo han quedado bajo un charco de su sangre, ese peculiar aroma a salvajismo se queda en el aire, el suelo queda marcado por las granadas y los boquetes de la artillería, incluso encuentras pedazos de hombre. Al cruzarnos con algún compañero, dudamos. No sabes si debes sonreír, santiguarte o apenarte por haber llevado a Dios a un enemigo durante el combate.

De pie, en medio de lo que fue el campo de batalla, sintiendo aún el temblor que te deja el sable al golpear a un hombre, nos preguntamos de nuevo: ¿Quién iba a decirnos que esto acabaría así? Pues hoy, las armas nacionales se han cubierto de gloria.

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