
‘La realidad siempre supera a la ficción’, es de esas leyes de la vida que nos siguen impresionando cada vez que se aplica, pues nos demuestra lo poco observadores que somos ante lo que está frente a nosotros.
Nadie está exento de esto, ni los científicos, ni el pueblo bueno, mucho menos los aliados de la 4T.
Como es costumbre, el gobierno quiere imponer su verdad histórica, una narrativa que los posiciona a ellos como los héroes y salvadores de la bola de irresponsables que somos como pueblo.
Papá gobierno (o mamá con ‘A de patria’), tiene que venir a racionarnos los recursos, porque nosotros somos incapaces de hacerlo; controlar lo que compramos, porque somos irresponsables en cuanto al manejo de nuestro dinero; organizar y distribuir nuestra ayuda, porque no vaya a ser que erremos en ello también.
El gobierno ha pasado de administrador y regulador a un intervencionismo extremo, pasando por encima de los derechos básicos de los integrantes de este contrato social siempre con la excusa de ‘por el bien del pueblo’.
Quieren hacer ver qué todo está bajo control cuando el país, poco a poco se va consumiendo en los errores de la política que venimos arrastrando desde hace ya años.
Alguna vez dije a un compañero, ‘ojalá Morena me calle la boca y demuestra que todos estamos equivocados’; cuando ellos prometieron erradicar la corrupción, encarcelar a los villanos de antaño y acabar con reformas populistas que solo hicieron daño a nuestra nación, realmente tuve esperanza de que pudiera haber un cambio.
No pasó mucho tiempo para que viéramos que eran los mismos políticos, que solo eran populistas y que seguirían las mismas promesas de siempre. Que solo cambió el color del partido, los nombres eran los mismos y el actuar seguiría igual.
Tantos problemas hemos vivido en los últimos 20 años que la historia de nuestro país se debe actualizar cada año para no dejar nada atrás.
El problema es, quién cuenta esa historia y cómo lo hace.
Una de las malas costumbres que se han heredado de los gobiernos pasados es el establecer narrativas de lo que pasa en el país, historias que buscan ocultar los problemas de nuestra nación y establecer realidades que no concuerdan con el mundo real.
Ahora, en una era de internet y de acceso a la información de forma instantánea, buscan imponer sus historias a través de las (como yo las denomino) ‘Novelas políticas’. Libros donde los presidentes son los protagonistas de historias hilarantes y dignas de las mejores producciones literarias.
Desde López cuando sacó aquel mítico libro a semanas de haber ganado la elección (el cual, si confrontamos con el hoy en día, no dejaría muchísimo en qué pensar), hasta el más reciente ‘Best Seller’ que el equipo guinda nos pudo dar: Diario de una Pasió…, perdón, ‘Diario de una Transición Histórica’.
Estos libros terminan por ser los relatos de personas ciegas o que están disociadas de la realidad que vive el país. Pareciendo más relatos de ficción de un adoleciente con complejo de superioridad, solo demuestran lo desconectados que están nuestras autoridades políticas de nuestro mundo.
El país está en varios estados de caos y ellos siguen fingiendo que todo está bien, los homicidios, feminicidios y ahora magnicidios están a la orden del día y ya no escandalizan al pueblo; las crisis económicas surgen y crecen a ritmos alarmantes y el gobierno solo se sube los sueldos y nos cobran más impuestos; la salud va empeorando, hay desabasto de vacunas y medicamentos, pero, eso sí, presumen encuestas que ellos avalan sin fundamento científico y dicen velar por los intereses del país.
Estamos normalizando una narrativa evasiva y autoritaria que no hace más que solapa la mediocridad de nuestros gobernantes y deja impune a quienes abusan y destruyen nuestra nación.
Escriben libros, porque saben que cuando la historia juzgue este tiempo, serán recordados como un intento de dictadura, porque, hasta para eso, dejan las cosas a medias.