Olga González, psicóloga con especialidad en psicología clínica, trastornos de la conducta alimentaria, manejo psicológico de pacientes de cirugía bariátrica y autora del libro ‘Detox Digital’ nos ofrece una reflexión acerca del daño que puede causar el exceso de información de sucesos negativos.

Comenzamos el año con una posible amenaza de tercera guerra mundial, tras el operativo contra el general iraní Qasem. Después ocurrió el tiroteo en un colegio del norte de México donde una maestra y un niño perdieron la vida. Pasado esto, supimos de la tragedia de Íngrid, luego del brutal asesinato de Fátima, ambos parte de los feminicidios que aterran a nuestro país. Y cuando comenzábamos a tomar un respiro, llegó el Covid-19, azotando la salud física, mental y económica de todos en el planeta.

La verdad, parece que muchas personas se han encariñado con las malas noticias; les cuesta reconocer el avance o siempre quieren dar una opinión incluso antes de tener el panorama completo.

¿A qué se debe y cómo podemos evitarlo?

Para saber más del tema, entrevisté a la experta en comportamiento, Mireya Bustamante Trelles, quien me comentó que debido a nuestra educación social tendemos a dar más atención a los eventos negativos.

De hecho, solemos recibir mayor atención por eso; si alguien te pregunta “¿Cómo estás?” y tú dices “Bien”, no hay demasiada plática.

En cambio, si dices “Mal”, suelen venir las preguntas: “¿Por qué?”, “¿Qué pasó?”, “Pero ¿cómo?”. Para muchos, estas actitudes se convierten en un estilo de vida, una forma de obtener atención y cuidados de otras personas.

Incluso la información negativa puede adquirir un valor económico (cualquier medio de comunicación vende mejor las malas noticias que las buenas), lo que genera competencia; por ejemplo, los noticieros compiten para ver quién consigue primero información exclusiva de esa, la peor noticia. Y esto genera “estatus” y ruido en las redes, donde al final solemos compartir con agrado las exclusivas catastróficas.

Así como las películas de terror generan emociones intensas, pero para muchos satisfactorias, así las malas noticias generan en tu cerebro ciertos químicos que te hacen sentir “despierto”. Como toda adicción, la excesiva exposición a las malas noticias genera un hábito y cada vez toleramos más y cada vez es más y más fuerte el contenido.

No nos damos cuenta de que las malas noticias cansan la mente y el cuerpo, que generan estados de ánimo negativos con efectos a largo plazo, tales como el agotamiento, el insomnio, la irritabilidad, la desesperanza, la ansiedad, el desasosiego… Y por ello, poco a poco logramos que los demás nos eviten. ¿Qué podemos hacer para quitarnos este hábito enfermizo? Darnos cuenta de la calidad de nuestras conversaciones, publicaciones; es fácil, tan sólo obsérvate cuando hablas: ¿qué dices?, ¿son más las cosas malas que las buenas?

Si eres usuario frecuente de redes sociales, analiza cuál es el contenido de tus últimas cinco publicaciones o a las que les diste algún tipo de atención especial. Y luego pregúntate: ¿son quejas?, ¿malas noticias? Otro ejercicio es preguntar (sin refutar) a tus familiares y personas inmediatas si es que hablas constantemente de cosas negativas. Si la respuesta es sí, el siguiente paso es cortar las fuentes de información negativa; busca programas de comedia, de entretenimiento ligero.

No digo que te aísles de las noticias, pero busca un par de medios de información confiable y verificable. La clave está en buscar el balance en la información que consumes, que sean tanto cosas buenas como otro tipo de noticias.

Habla y comparte cosas positivas, sencillas. Dedica tu tiempo y esfuerzo a ayudar a los demás. Centrarse en apoyar a otros menos favorecidos que tú hará que te sientas y seas útil y te enseñará a tener y a compartir esperanza.

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