Las sociedades estáticas involucionan; para avanzar, requieren ciudadanos capaces de evolucionar las instituciones, a partir del desarrollo que han logrado. La vida puede explicarse dialécticamente a través del desenvolvimiento de los grupos humanos, en el tiempo y el espacio. Hay generaciones cuyo paso, se destaca por el avance en la incorporación a su conducta, de los valores: empatía y solidaridad, fundamentales para la convivencia armónica.
Los ciudadanos deben surgir a la vida social, con capacidad para crear condiciones necesarias, para que la familia y sus sucedáneos; la escuela en todos sus niveles y grados; la economía, la política, la religión y el patrimonio cultural, se enriquezcan con avances en los índices de conducta valiosa, en donde los valores fundamentales, sean acatados por una mayoría calificada, capaz de encauzar la marcha de las instituciones, al mejoramiento de la vida social.
La presencia de imponderables como la crisis sanitaria, han dejado manifiestos resultados que no pudieron preverse y generan inestabilidad económica y, con ello, graves problemas de salud mental, no ya en minorías, sino en sectores crecientes de la sociedad, que no tienen conciencia de la importancia de obedecer las normas de conducta. Por si esto no fuere suficiente, surge otra exigencia: analizar la forma en la que preparamos a las nuevas generaciones, en un ambiente de tolerancia e impunidad.
¿Cuál será el resultado de evaluar la conducta social ante le demanda de las nuevas generaciones para incorporarse a la vida económica, política y social? ¿Cuáles serán las fortalezas para enfrentar adversidades como la pandemia actual y las otras que serán enviadas a continuación, en el ambiente generado por el abandono de la normatividad requerida para vivir en paz y respetar la libertad ajena y cuál será la perspectiva de la propia?
Tal pareciera que hay un creciente desprecio o ignorancia de la importancia que tienen las sanciones por violación a las normas, para que la sociedad viva en un ambiente de seguridad y paz constructiva.
Se trata de proteger a la infancia de las normas de una sociedad autoritaria, pero no se explora el camino del humanismo y, tal vez, una gran masa de población, no se percate de la importancia de colocarse a sí misma en el centro del interés del desarrollo institucional.
El confinamiento y la expectativa de morir antes de lo previsto por las estadísticas, ha sembrado un terror que nos impide ver la realidad. ¿Quiénes se echarán a cuestas la tarea de crear condiciones para que la cordura haga nuevamente factible pensar en nuestra felicidad?
