El mundial ha empezado y como cada cuatro años, la pasión futbolera abarca todas y cada una de las actividades humanas. Durante las próximas semanas, en todo el mundo se vivirá, comerá y sentirá este apasionante deporte, porque nada se escapa de la cancha y el balón… ni siquiera el crimen.

A partir de esta semana y hasta que concluya la Copa del Mundo, recordaremos en esta columna varios hechos delictivos ocurridos en el mundo del balompié. Ya sea robos, asesinatos, o casos de corrupción. Hoy, a un día de haber iniciado el magno evento en Qatar, evocaremos uno de los hechos más increíbles del crimen y el fútbol: el robo de la Copa Jules Rimet, presea que precedió al actual Trofeo de la Copa Mundial.

La Jules Rimet, nombrada así en honor del tercer presidente de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA por sus siglas en francés), evocando a la diosa de la victoria Nike. Medía 30 centímetros de alto y un peso de 4,5 kilogramos. Pese a su importancia y la seguridad que la rodeaba, fue robada en dos ocasiones. La primera vez ocurrió en domingo 20 de marzo de 1966 en Inglaterra, y fue recuperada por un perrito cocker llamado “Pickles”.

La segunda ocasión fue toda una compleja trama en la que intervinieron ladrones, investigadores y jugadores profesionales. Pareciera la trama de una película de atracadores, pero todo ocurrió en realidad.

EN TIERRA CARIOCA

La historia comienza en Río de Janeiro, el 19 de diciembre de 1983, en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, donde se exhibía el preciado trofeo después de que este país lo ganara en México. Aquella noche, dos hombres: José Luis Vieira, apodado “Bigote” y José Rocha, “Barbudo” se quedaron en los baños del edificio, para salir en la noche, amenazar al velador y robarse la copa.

Fue un procedimiento sencillo que solo les tomó 20 minutos, pues aunque se exhibía detrás de un vidrio antibalas, sólo estaba protegida por cinta y madera que no fue un gran reto desarmar.

El cabecilla del atraco era Juan Carlos Hernández, un joyero argentino radicado en Brasil, quien había planeado todo a detalle. Anteriormente había realizado otros robos, por lo que no le fue difícil destrozar la copa y hacerla lingotes con el fin de venderlos y obtener 15, 500 dólares.

El robo fue mencionado en todos los medios de comunicación del planeta y la indignación fue igual de global. Incluso Pelé declaró: “me gustaría hacer una llamada para que devolvieran la copa. No por el valor monetario, sino por el simbólico”.

La investigación del caso corrió a cargo de Murillo Bernardes Miguel, un dedicado policía que hoy en día tiene más de 80 años. Después de dedicarse de lleno al caso, descubrió que Hernández era el responsable del atraco, pues sus dos cómplices lo delataron. La pesquisa duraría un año en que el joyero y ladrón permaneció prófugo, hasta que fue detenido e interrogado por Murillo.

Sin embargo, el delincuente era muy listo. Durante horas no soltó una sola palabra y se declaró inocente, hasta que Murillo supo extraer la verdad, tal como recuerda en varias entrevistas:

“Le dije que para los brasileños era una bofetada que un argentino haya convertido la Copa en lingotes de oro. Entonces vi que en su rostro se dibujaba una sonrisa. Ese momento fue la prueba de que lo había hecho”.

Hasta el día de hoy, muchos estudiosos del tema dudan que Hernández haya convertido la copa en lingotes. Quizá fuera más factible que se la vendiera a un coleccionista privado, aunque el siempre negó todo. Sea como fuere, la FIFA ha escarmentado y ahora sus medidas de seguridad son extremadamente duras.

No cabe duda que tanto en el futbol como en el mundo del crimen y la búsqueda de la justicia, intervienen las más altas y bajas pasiones humanas. Los asesinatos tampoco pueden quedar atrás. A veces los jugadores sin víctimas y otras victimarios, pero sobre eso hablaremos la próxima semana.

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