Hace un par de días tuve una experiencia que me hizo recordar un caso que surgió en los Estados Unidos hace unos pocos años sobre la “affluenza”; y que fue motivo para uno de mis artículos en aquel entonces. El término en inglés “affluenza” proviene de la combinación de las palabras adinerado e influenza. Básicamente se refiere a una condición social, que se desprende de la constante búsqueda por poseer más bienes. Los que padecen este mal, pueden llegar a presentar conductas socialmente no deseables, como resultado de la percepción que pueden tener, de estar por encima de la mayoría, por el hecho de tener poder monetario.
Un claro ejemplo de ello se dio en el año 2014, en el estado de Texas, en los Estados Unidos. Un joven de 16 años, quien iba manejando alcoholizado, causó la muerte de 4 personas. Su condena: asistir a un centro de rehabilitación con un costo de 5 millones de pesos al año. Pero hay otro lado de la misma moneda. Un menor de edad, en un caso similar, en el mismo estado; fue condenado a 10 años de encarcelamiento. ¿En dónde está la diferencia entre ambos casos?
Lo que llama la atención del primer caso, es que un psicólogo contratado por los abogados del joven, alegó que sufría de “affluenza” y que, por lo tanto, era incapaz de asumir las consecuencias de sus acciones. Es decir, al muchacho no le era posible relacionar su comportamiento irresponsable con los hechos que esto podría desencadenar. Lo anterior debido a su crianza en una familia adinerada. En resumen, el menor creció en un ambiente de excesos y permisividad, por lo que no reconoce las fronteras que dibujan las normas impuestas por las leyes o por la sociedad.
Estos casos extremos – y otros que no lo son tanto – se presentan diariamente, incluso en nuestros círculos sociales más íntimos. Es un tema que no puede acotarse por la geografía, sino por la disparidad en las clases socioeconómicas. Pero lo más preocupante es que estas conductas nocivas, son la manifestación tangible de la educación que se recibió en las etapas más tempranas de la vida de la persona. Y no me refiero solamente al entorno familiar, sino también a las instituciones educativas.
Se dice que la principal educación se da en la casa. Aparentemente los principales valores que rigen nuestra vida, se adquieren en el hogar. Al menos así se ha insistido durante mucho tiempo y es lo que algunas escuelas pretenden hacernos creer. Sin embargo la educación en las escuelas va mucho más allá de la instrucción formal de un currículo. Y tristemente algunas instituciones privadas de gran tradición, fomentan en sus alumnos más pequeños, comportamientos característicos de la “affluenza”.
Como padre de familia, percatarme de esto me ha hecho sentir una profunda desilusión. La educación que proveen las escuelas tiene que cambiar. No puede permitirse que los niños asuman que, diversas situaciones que se presentarán en sus vidas, pueden simplemente resolverse con dinero. Esto puede poner en riesgo la evolución de nuestra sociedad. La “affluenza” es una enfermedad que puede ser erradicada; pero para ello, se requiere un firme compromiso tanto de los padres de familia, como de las instituciones educativas. En todo caso, el contar con una abundancia de recursos debería responsabilizar a las personas para buscar aportar más para crear una mejor sociedad. Aunque, como parece en muchos casos, la realidad es totalmente contraria.
