Los Juegos Olímpicos México de 1968 se vivieron entre protestas y violencia luego de la matanza estudiantil del 2 de octubre.

El 2 de octubre de 1968 tuvo lugar la masacre a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, Ciudad de México. Diez días después se realizó la justa olímpica que albergaba por primera vez un país de Latinoamérica, ensombrecida por la matanza.

A la mañana siguiente la delegación olímpica mexicana fue abanderada por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz y los Juegos Olímpicos no se suspendieron pese a las condiciones de violencia perpetrada por el Estado.

La escritora Elena Poniatowska relató en su libro «La Noche de Tlatelolco» que algunos atletas extranjeros sí tenían conocimiento de lo que había ocurrido, sin revelar el nombre del deportista de origen italiano.

«Si están matando estudiantes para que haya Juegos Olímpicos, mejor sería que ésta no se realizara, ya que ningunos Juegos, ni todos juntos, valen la vida de un estudiante», escribió ante el desconocimiento que afirmaban la mayoría de las delegaciones por la matanza estudiantil del 2 de octubre.

Para evitar abucheos se entonó el Himno Nacional al mismo tiempo que el Presidente entró al estadio y durante su corto discurso de apertura sonaron conchas y percusiones al estilo prehispánico.

«En 1968, las Olimpiadas se inauguraron en medio de guaruras y un gran despliegue de seguridad. Lo único libre que hubo en esos Juegos fue cuando soltaron las palomas al aire y volaron… Eso fue lo único libre.

«Había guaruras en toda Ciudad Universitaria, detrás de todos los árboles y había cientos de estudiantes presos en Lecumberri y otros en el Campo Militar número 1», recordó Poniatowska, quien formó parte del movimiento estudiantil.

La seguridad desplegada en toda la Ciudad y la tensión después de los asesinatos eran evidentes en el marco de la justa olímpica.

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