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psicoanalisARTE Estamos vivos porque estamos en movimiento

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Hace unos días, en un debate que sostuve con mi mujer, tuve la oportunidad de cultivarme un poco. Ella afirmaba que «de entre todos los acentos italianos, el florentino es el más bello porque es el original». Su opinión estaba influenciada porque estuvo estudiando italiano en Florencia y —es innegable— dicha ciudad concentra uno de los acervos artísticos más impresionantes de todo el mundo.

Si tanta estética se encuentra reunida en un sólo lugar —hemos hablado del síndrome de Florencia—, no sería raro, también, que el acento compartiera tan admirable cualidad. No obstante, «en gustos se rompen géneros» y no estaba en mí determinar la estética, armonía y musicalidad del acento florentino sino, por el contrario, cuestionar aquello de la «originalidad». ¿Se puede hablar de originalidad en el terreno de la cultura humana?

Resultó —después de una somera investigación— que, el florentino es el italiano original… aunque sólo en cierto sentido. Es el original porque, por allá del 1300, la publicación de la Divina Comedia de Dante le dio prestigio al florentino arcaico —idioma en el que estaba escrita— y, dada la trascendencia de dicha obra, aquel se formalizó como el idioma oficial de Italia.

No obstante, previo a ello, el florentino arcaico había recibido una influencia determinante del siciliano que, por allá del 1200 había marcado una época a través de la Escuela poética siciliana —los creadores del soneto— y, éste a su vez era una mutación del latín vulgar. Aquí sí encontramos una cuestión interesante porque un factor común a todas las lenguas que proliferaban, no sólo en Italia sino en buena parte de Europa, era precisamente el latín.

El latín podría considerarse la lengua original y, sin embargo, vale la pena preguntarse por la cualidad más importante del latín: es una lengua muerta. Pero, ¿por qué murió el latín? Se podría decir que murió, entre otras cosas, porque se restringió su uso a las clases elitistas y dominantes. El latín se dividió, entonces, en el latín clásico o culto, privilegio exclusivo de dichas clases, y el latín vulgar, que fue apropiado por el pueblo.

Los romanos —y en esto sí, casi exclusivamente, los de Roma— de las clases más altas utilizaban el latín clásico como posteriormente lo harían los clérigos de la Iglesia católica. Al limitar el uso del idioma, reservándolo a unos cuantos, condenaron al latín clásico a la extinción. Esto implica, que la búsqueda de exclusividad y purificación termina por degenerar y, eventualmente, por destruir. En el mundo y a día de hoy, no existe nadie cuya lengua materna sea el latín.

Estos movimientos segregacionistas no son extraños ni aislados. En el mismo país, años más tarde, el dictador Benito Mussolini, intentó purificar el italiano y persiguió a las minorías lingüistas que cohabitaban en su territorio y excluyó del diccionario todas las palabras con resonancias extranjeras. Sólo el fin de la guerra puso fin a este esfuerzo disparatado.

Ahora, dejemos Italia, y pensemos en la Alemania Nazi, el Apartheid en Sudáfrica o el Gulag en Rusia. Todos estos movimientos respaldaban la idea de que existe una sola forma de pensar o una sola raza suprema. Afortunadamente —sobre todo en estos tiempos en que se afirman nacionalismos y se cierran fronteras—, como el latín, todos esos regímenes totalitarios estaban condenados a la extinción.

Al respecto, hay una idea muy linda que surgió de una plática que Jorge Drexler dio para la iniciativa TED Talks. En ella —busquen el video en YouTube— el cantautor uruguayo explica cómo una estructura poética como la décima espinela, creada en el siglo XVI, sigue viva gracias a que ha sido adoptada y apropiada por los pueblos latinoamericanos. En cada lugar se afirma que es «original» de la región porque se vive como propia.

Esta plática dio lugar, más tarde, a la canción titulada «Movimiento», que es un himno para la migración y la tolerancia. «Somos una especie en viaje. / No tenemos pertenencias, sino equipaje. / Vamos con el polen en el viento. / Estamos vivos porque estamos en movimiento». Y esto aplica para la lengua, como para las naciones, como para las personas, como para el arte o la ciencia.

No es extraño que se generen movimientos segregacionistas y totalitarios al interior de ciertas disciplinas como —a este tipo de reflexiones se debe este espacio— puede ser el psicoanálisis. Sólo habrá que recordar que todo aquello que se proponga como un pensamiento único y exclusivo está condenado a la extinción. «Lo mismo que las canciones, / los pájaros, los alfabetos. / Si quieres que algo se muera, / déjalo quieto».

psi.danielcortez@gmail.com

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