18 de marzo, 1836. Ciudad de México, Palacio Nacional
El automóvil pasaba por los camino de Chapultepec, el presidente Lázaro Cárdenas del Río, había decidido dar un paseo en compañía de Eduardo Suárez, Secretario de Hacienda. El presidente Cárdenas se mantenía en silencio, ordenaba sus ideas mientras observaba el bosque de Chapultepec, decían que le gustaba meditar en aquel sitio porque le recordaba a su natal Michoacán.
Cárdenas se encontraba decidido, quería hacer que México diera un paso en la dirección correcta pero eso necesitaba hacer lo que sus predecesores no tuvieron el valor de hacer –Eduardo- dijo finalmente con aquella voz tan característica –ya no podemos mantener los problemas de las petroleras- así, directo y frio.
-las huelgas- dijo Eduardo tratando de adivinar el pensamiento del presidente.
-todo, Eduardo, todo- Cárdenas miro fijamente al secretario, tenía el poder de hacer ver pequeño a cualquiera que estuviera a su lado –estamos a pocos días de un desastre- llegados a este punto y después de pedir al chofer regresar a Palacio Nacional, Cárdenas regresó su mirada al secretario y sentenció –expropiamos las industrias petroleras- Eduardo se quedó congelado, ya lo sospechaba, incluso deseaba que ocurriera pero al escucharlo de los labios del presidente no supo que responder, limitándose a asentir.
El coche regreso a Palacio Nacional y sin dar tiempo a nada, Cárdenas se dirigió al Salón de Consejo. Dentro se encontraba reunido el gabinete y apenas entró todos se pusieron de pie, cuadrándose ante el presidente.
-al punto- dijo el presidente tras saludar a todos –esta nación no puede soportar más los enfrentamientos entre las petroleras y los sindicalistas. Han decidido evadir su responsabilidad, mantienen el abuso y su ambición, por el bien de la nación solo nos queda un camino- dejando el camino en claro, guardó silencio dándole la palabra al pobre Eduardo que retorciendo su sombrero se puso de pie y sumo toda la confianza que llevaba en el cuerpo y en palabras cortas, explicó lo que el presidente pensaba, los males que se avecinaban a México si no se ponía un orden y cada punto que Suárez explicaba, los ministros asentían, murmuraban y se aflojaban las corbatas, el único que se mantenían sereno era el presidente. Los ministros no se lo pensaron dos veces, aprobaron la decisión y en ese momento se firmó el decreto pero aun no terminaba la noche.
Horas después mientras en los hogares de miles de mexicanos, las radios fueron perdiendo la señal, advirtiendo que se trataba de un mensaje presidencial, un mensaje a la nación.
-mensaje a la nación- para muchos fue la primera frase que escuchaban de la voz del presidente, durante casi catorce minutos, Cárdenas habló a México, condenando al actitud de las petroleras – Han tenido dinero para armas y municiones para la rebelión. Dinero para la prensa antipatriótica que las defiende. Pero para el progreso del país no hay dinero, ni posibilidades económicas, ni voluntad para extraerlo del volumen mismo de sus ganancias- las palabras del presidente poco a poco fueron ganando empatía entre todos los radioescuchas y en todos resonaba aquella palabra que sonaba tan extraña “expropiar” -planteada así la única solución que tiene este problema, pido a la nación entera un respaldo moral y material suficiente para llevar a cabo una resolución tan justificada, tan trascendente y tan indispensable –los corazones ya se unía bajo el llamado del presidente, del que sería recordado eternamente y con cariño como el ‘Tata’ -deseamos asegurar que la expropiación decretada sólo se dirige a eliminar obstáculos de grupos que no sienten la necesidad evolucionista de los pueblos, ni les dolería ser ellos mismos quienes entregaran el petróleo mexicano al mejor postor, sin tomar en cuenta las consecuencias que tienen que reportar las masas populares y las naciones en conflicto- el mensaje finalizó, la decisión había sido tomada y el aparato en defensa del país se encontraba en marcha.
La decisión del presidente Lázaro Cárdenas de expropiar la industria petrolera, unió al país de una manera que no se había visto hacia años cuando Francisco I. Madero convocó a luchar contra la dictadura. La expropiación fue un triunfo, México recuperaba sus riquezas que tanto habían enriquecido al extranjero y de la mano de Cárdenas el país iniciaría el camino hacia la reconquista económica.
