Seguimos sufriendo los estragos de esta fortuita cuarentena. Los negocios han cerrado, los trabajadores son arrojados de las empresas, a la buena de Dios, llevándose consigo solamente la pelusa que se encuentra al final de los bolsillos de sus pantalones, mientras que los estudiantes se retrasan en sus estudios, ya que las escuelas también fueron invadidas por el pánico infundido por tan terrible maleficio a los que los expertos han denominado “coronavirus”.
Caos, desesperación, recesión, paranoia, crisis financiera, colapsos sociales a nivel mundial, miedo circulando por los pasillos de los nosocomios, galenos desesperados esperando las fatales consecuencias, personas incrédulas argumentando que todo es un complot malvado de los líderes del mundo para jodernos más de lo que ya lo han hecho.
Las naciones están divididas, formándose el grupo de los que creen con fe ciega lo que dicen los medios de comunicación, mientras que del lado izquierdo se han agrupado los renegados, los que dudan de todo, los que en forma de reto no se lavan las manos ni se ponen cubrebocas en los rostros. Al igual que en la historia de Pedro y el Lobo, la gente ya duda del grito desesperado del pastorcillo pidiendo ayuda, diciendo que el enemigo está cerca, en forma de pandemia, de influenza, de ébola, de ántrax, de chupacabras, y ahora de coronavirus.
Es difícil creer en la palabra de aquellos que durante décadas se han encargado de jugar con la verdad, de manipularla, de comprar las notas periodísticas, de aprovecharse del caos que ellos mismos generan para engordar sus ya de por sí impresionantes cuentas bancarias, inflando costos, dando sus curas de agua destilada, viendo la forma de robarse hasta el papel de baño, incluso con todo e inodoro, volando libremente como las palomas, con sus trajes inmaculados, pero derramando excremento por todos lados, mientras que un montón de gente pobre, ignorante, reciben sumisamente el cagadero de los de arriba, conformándose con una cubeta de pintura para pintar la pobreza de las fachadas de sus casas sin enjarrar, creyendo que una torta de jamón es señal del buen samaritano que ahora sí será el elegido de Dios.
Y así seguiremos, encerraditos en casa, como el Diablo en el panteón, mientras que a alguien se le ocurra gritar “el lobo, el lobo!” y vuelva otra vez a agitar el hormiguero, ¿será cierto? ¿Será falso? Dada la experiencia del pasado, ahora todo es cuestionable, menos para la borregada, esos en un acto de fe, creen ciegamente aquello que jamás han visto pero que les dicen que existe.
