Ese es el problema de nuestra generación… que no decimos lo que sentimos.
Tal vez porque ni sabemos lo que sentimos. Es mucho más fácil anestesiar las emociones con flores de Bach, tafil, ribrotil, dalay, u otras posibilidades como el trabajo, el alcohol, las telenovelas, los hijos, etc., etc., que sentir, o más bien trabajar con lo que sentimos y dialogar frente a frente con ello. Eso es terrorífico.
Y si no decimos lo que sentimos o no sabemos lo que sentimos, es muy difícil que logremos romper círculos viciosos en los que de repente la vida, (por no decir nosotros), nos pone a dar vueltas por inercia, esperando “algo” que nos repetimos para auto consolarnos, “ya llegará, ya llegará”… pero no llega…
A veces nuestros círculos viciosos hasta parecen compañía y divertidos, como el de Lucas y Julia, el típico matrimonio cómodo, de amigos, de apariencias, porque en pleno siglo XXI hay quienes tienen que esconder quiénes son y lo que aman realmente para tener permiso de respirar, parece ser. ¿Pero cuánto puede durar una puesta en escena?, ¿a qué costo fingiremos ser lo que no somos?
Otras veces esos círculos viciosos están enfermos y podridos desde el principio como el de Aarón y Nora, el típico matrimonio busca hijos, porque ya sabes que los hijos son la bendición de todo matrimonio y resuelven mágicamente los problemas entre las parejas que no saben hacer el amor, porque ya ni se les antoja pero sí pueden tener hijos. Este tipo de círculo no termina hasta que pasa una reverenda desgracia que hace que los sujetos dentro de él pierdan su órbita y colisionen entre ellos. Si sobreviven, serán expulsados al infinito y más allá.
Estas dos parejas viven en el mismo piso de un edificio de departamentos en la ciudad de México. ¡Ah!, no hay mayor prueba de paciencia y tolerancia que vivir en un departamento. Vive uno junto con pegado, pero ni sabemos cómo se llaman los “hola, vecino”. Nos medio vemos y nos oímos muy bien, pero todo lo que sabemos unos de los otros son los rumores o las historias que nos creamos, y ya sabe usted, terminamos siendo: los recién llegados, los del carro rojo, los que tienen hijos, los que no tienen hijos, la que vive sola, la que creo tiene un gato, etc., etc. ¿Qué tiene que pasar para de verdad comunicarnos?
Tal vez deba mudarse un exitoso futbolista recién fracasado como Félix, para que todos nosotros y los anteriormente nombrados aquí, puedan reflejarse en él, y atreverse a mirar por primera vez sus mentiras, sus deseos, sus fracasos, sus amores, sus dudas… O tal vez eso no sea suficiente y tenga que morir alguien, para sacudidos por el sonido del disparo acordarnos que estamos vivos y que habrá que enfrentar de todo, y habrá que comenzar a nombrar nuestras emociones y sentimientos y decirlos para que no se nos pudran dentro, para comenzar a vivir en serio y dejar de tener dudas y poder decidir, que es lo que realmente nos aterra, decidir, al grado de no saber si cortarnos las venas o dejárnoslas largas.
Manolo Caro, (Guadalajara, 1985), director, productor y guionista de cine y teatro, de este guion teatral en su origen (2010) y luego película (2013), “NO SÉ SI CORTARME LAS VENAS O DEJÁRMELAS LARGAS”, ha logrado plasmar todo lo antes dicho y seguro mucho más de lo que puede capturar en este espacio, en este texto dramático.
La historia que yo he leído y que me ha puesto a pensar cómo mi generación ha dejado de decir lo que siente por miedo, por vergüenza, por no ser “débiles”, por… por… Deseamos hijos, carreras, amores, pero no las responsabilidades que de nuestros deseos se desprenden. Y así, comiéndonos todo lo que sentimos terminamos sin ni siquiera saber qué hacer con nuestras parejas, con nuestras vidas, con nuestras venas…
Yo espero ustedes decida dejarlas largas. O decida algo, que eso ya es un gran paso.
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