El pasado 25 de julio del presente años, se estremeció en lo más profundo de sus cimientos la 4T y su gobierno federal. Ese jueves por la tarde, corría como pólvora la versión de la detención de uno de los históricos capos en México, el narcotraficante Ismael Zambada, conocido en el ambiente criminal como “el Mayo”.
Increíblemente, también se decía que en dicha detención se encontraba el hijo del “Chapo” Guzmán. Joaquín Guzmán López, fue capturado en el mismo evento, generando un dos por uno sin mediar un solo disparo de por medio, ni el mínimo acto de violencia. Cómo si se tratará de una película al más estilo de Hollywood.
Mientras tanto, el gobierno de López Obrador enmudeció por horas. Afortunadamente, los distintos medios de comunicación nacionales y estadounidenses informaban a los mexicanos y confirmaban la noticia, ante el silencio y la complicidad del presidente y de toda su estructura institucional. Ese mismo día, ya entrada la tarde-noche, se daban a conocer imágenes de una avioneta, donde se apreciaba que descendían dos personas.
Al día siguiente, el viernes 26 de julio se esperaba la famosa conferencia mañanera, donde se apreciaba un desencajado López Obrador, que reconoció increíblemente que su gobierno, no sabía nada al respecto. Lo que sí reconoció y puntualizo en más de once ocasiones, “que el gobierno mexicano no había participado en dicha detención y que las fuerzas armadas mexicanas no participaron”.
A partir de ese momento, al más puro estilo de AMLO, repitió y repitió hasta en 34 veces, lo que a él le interesaba. Dejar muy claro ante el Cártel de Sinaloa, que su gobierno no había participado y desvincular de toda actuación al ejército mexicano. Qué uno hubiera duda, que la 4T y su gobierno, hubieran traicionado a unos de sus grandes socios y colaboradores.
La estrategia de AMLO era muy clara. Reconocer públicamente y hasta hacer el gran ridículo internacional, señalando su desconocimiento total y absoluto por parte de toda la nomenclatura de su gobierno, de no saber nada en las primeras horas y después, hacer más el ridículo ante los mexicanos -que no es nada nuevo para nosotros- y ante los gringos, generando informes falsos y contradictorios.
El propio presidente dio a conocer que la famosa avioneta había despegado del estado de Sonora, después salió a escena la torpe secretaria de Seguridad Pública, Rosa Icela Rodríguez, nerviosa, titubeante y de muy mal humor, haciendo segunda al impresentable mandatario nacional. Acto seguido, el gobernador de Sonora, Alfonso Durazo Montaño, contradijo rotundamente la versión oficial.
“Les informo categóricamente, que la avioneta donde viajaban los dos personajes ya referidos no despegó de Sonora”. El mismo exsecretario de Seguridad Pública Federal, contradecía a su jefe y a su sucesora. La grotesca escena de declaraciones llenas de mentiras e incoherencias de los tres funcionarios públicos iba y venía, ante el asombro de propios y extraños.
Mientras el gobierno federal buscaba ganar tiempo, para saber en realidad que había pasado, el demagogo presidente de México le pedía al gobierno de los Estados Unidos, que les informará que había pasado. Ya transcurridas dos semanas AMLO, seguía con su defensa a ultranza, de seguir dejando claro que su gobierno no participó y que las fuerzas armadas mexicanas tampoco. Vital que todos los Cárteles supieran, que el mandatario no traiciono y mucho menos, su subordinado ejército y marina.
Durante este duelo de declaraciones por parte del Estado mexicano y de sus funcionarios federales, el cuidado escrupuloso al referirse al “Señor Zambada y a Joaquín Guzmán López”, así como también, por parte del gobernador de Sonora al declarar, “que la avioneta donde viajaban los dos personajes ya referidos”, llama mucho la atención y confirma la manera esmerada y respetuosa de llamar a los narcotraficantes, por lo que son. ¡Narcos!
¿No cree usted?
