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Miedos, Odios y Esperanzas

‘Un Capítulo en México’

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17 de septiembre, 1810.

Rebelión, la palabra a muchos nos parecía extraña, nos sentíamos en un sueño, sin poder creer que estábamos marchando para pelear por cambiar el mundo, al menos eso nos decía el cura Miguel Hidalgo, aseguraba que pasaríamos a la historia y que pronto gozaríamos de una vida mejor, una más justa, aunque muchos de nosotros solo deseábamos cobrarnos todas las humillaciones y abusos de los jodidos ‘gachupines’.

Un día antes en el pueblo de Dolores, el cura Hidalgo nos hizo saber que era ahora o nunca. Corrimos a nuestros hogares, sin tener muy claro si regresaríamos algún día a ellos, tomamos nuestras herramientas de campo, robamos armas de los españoles, asaltamos unas casas, liberamos presos e iniciamos la lucha. Marchábamos pensando en todas las promesas que el cura nos hacía -estas tierras son tuyas- te decía el cura Hidalgo cuando por una casualidad pasaba cabalgando a tu lado y te veía con una duda en la cara -nos toca recuperar lo que nos pertenece- con eso bastaba para que decidiéramos seguirle hasta el fin del mundo.

También veíamos pasar al capitán Ignacio Allende, ese no nos daba miradas compresivas, ni nos dedicaba palabras de aliento, el capitán te miraba sin expresar ninguna emoción, observaba a cada uno de nosotros de pies a cabeza y murmuraba junto a otros soldados que siempre le acompañaban. Cuando veíamos pasar a los soldados que traicionaron a los españoles no podíamos evitar imaginar que de un momento a otro veríamos aparecer a un escuadrón de caballería que al vernos se lanzarían contra nosotros, sosteniendo en alto la bandera del imperio, agitando los sables en el aire antes de convertir nuestra marcha en un reguero de sangre.

Ninguno de los que decidimos seguir al cura habíamos peleado en nuestras vidas, pero lo que nos movía eran las ganas de vengarnos de los ‘gachupines’ y de luchar por tener algo, aunque fuese algo que echarnos a la boca, no pocos se estaban muriendo de hambre antes de empezar la marcha.

Después de que saliésemos de Dolores, Hidalgo nos consiguió una bandera que seguir, una que todos respetáramos, dicen que Hidalgo era astuto con un zorro, así que no me sorprendería que ya lo tuviese planeado. En la iglesia de Atotonilco, Hidalgo tomó prestada una imagen de la Virgen de Guadalupe y la colocó al frente de un ejército de enardecidos que a cada paso crecía más.

Sí, marchábamos cargados de miedos,  odios y esperanzas, en busca de nuestra libertad, seguíamos a un hombre que nos gustaba tanto como Moisés a los judíos de Egipto y a otro que prometía llevarnos a conocer el infierno.

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