“No hagas lo popular, haz lo correcto”, solía decir el filósofo francés Voltaire, palabras sabias considerando a su autor como una de las mentes más brillantes que sirvieron de base para la gestación de la revolución francesa. En este momento no estamos en Francia, sin embargo estamos viviendo los estragos de una transformación, que más que un cambio, pareciera el inicio de una revolución. Lamentablemente hoy en día no existen enciclopedistas franceses que iluminen a un pueblo hipnotizado, ciego, manipulado.
En la antigua Grecia, Platón, en su obra “La República”, nos exponía su famosa teoría del “Filósofo rey”, señalando que un verdadero gobernante, o al menos con intenciones de gobernar, debería de tener un perfil de filósofo, ya que sólo un filósofo está enamorado del conocimiento, y una persona verdaderamente culta, letrada y con amplío sentido de la ética y la responsabilidad, difícilmente toma decisiones equivocadas.
Nuestro país sufre las consecuencias de una mala administración pública, donde los máximos representantes sociales confundieron el servicio público con el beneficio personal.
Tenemos una administración pública manejada por personajes oscuros y oportunistas que, bajo el amparo de los partidos políticos, se sirven con la cuchara grande. Tenemos de todo: personas cultas pero cuya ambición no tiene límite, personas completamente ignorantes que no distinguen la letra “o” ni por lo redondo, fantasmas que aparecen en nómina pero que nadie se ha percatado de su existencia, futbolistas, actrices de papeles vulgares, boxeadores profesionales, atletas olímpicos, ladrones de tesis y hasta un cantante que tiene una bolita que le sube y le baja.
No podemos gobernar un pueblo como el nuestro, -ni ningún otro- sólo con buenas intenciones (el problema aquí es que ni siquiera se tienen buenas intenciones).
Sócrates decía “si piensas que la cultura es cara, pregúntate cuánto cuesta la ignorancia”. Hoy estamos pagando las consecuencias de habernos dormido en nuestros laureles. Nos conformamos con un programa de asistencia social cuyo monto resulta más que una ayuda, una burla, condicionando la ayuda por un voto. Al hacer un análisis de nuestro Código Penal estatal, observé con sorpresa, que los delitos electorales no tienen una pena de prisión, teniendo solamente una punibilidad de 10 a 100 días de multa. ¿Increíble no? Estamos más interesados en la construcción de un estadio de fut bol, en un reallity show donde las personas van a perder su dignidad a cambio de cinco minutos de fama, e incluso mostramos más interés en hacer filas desde la madrugada, para obtener de forma gratuita una pantalla de televisión.
Me gustaría decir que nuestro país está en llamas, pero no es así, porque ni siquiera hay gasolina para hacer una fogata. Estamos pagando el precio de nuestra ignorancia, donde las autoridades prefieren a un pueblo ignorante, desconocedor de sus derechos, cuya preparación académica les importa un comino. Ahora, bajo el amparo de “oportunidad para todos”, se nos están regalando certificados de estudio que avalan una formación que no tenemos: podemos terminar la educación media superior con un solo examen, podemos estudiar una licenciatura en tan sólo 3 años acudiendo solamente los días sábados, (equivalente a sólo 156 clases), incluso, ahora está prohibido reprobar a los alumnos de bajo rendimiento en las primarias. La pregunta obligada es: ¿realmente la intención es ayudar al pueblo?, ¿de qué nos sirve haber estudiado durante más de 9 años nuestra Historia Nacional, si a final de cuentas lo único que sabemos es que los aztecas tenían pirámides, y que la independencia de México comenzó el 16 de septiembre?
Algún personaje mezquino nos quiere ignorantes, y nosotros, lamentablemente, caímos en su juego. Sencillamente nos quedamos dormidos mientras nos saqueaban la casa.
El día de hoy, como todas las mañanas, veo a mi México con mucha fuerza, pero ignorante, conformista. Personas en las paradas de autobuses para ir a su escuela, mujeres con puestos de jugos, señores circulando en bicicletas para irse a trabajar. Mucha fuerza, pero siguen en el sueño de su ignorancia.
Tal y como lo señala Joan Manuel Serrat: “Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor, no tienen nada que vender o nada que perder, pero por lo que parece, tiene usted una cosa que les pertenece…”
