El arte de los libros
Aventuras con la música sinfónica
La primera sinfonía que escuché de verdad, es decir, con toda mi atención y todo mi empeño en gozar y en comprender la música, fue la Novena Sinfonía de Beethoven. En la casa de mis padres había algunos discos de acetato y uno de ellos era precisamente la gran obra editada por la Deutsche Grammophon; finalizaba el año de 1995, era diciembre y una tarde me quedé solo en casa y sucedió el milagro: recuerdo que me conmovió de tal manera que mi arrobo fue espontaneo. Ahí me surgió el deseo de aprender alemán para poder comprender lo que cantaba el majestuoso coro, la Oda a la alegría (Ode an die Freude, en alemán) de Schiller. Ese fue un primer acercamiento hacia las obras del gran genio de Bonn. Leí un libro en aquellos días de mi mocedad titulado “Aventuras con la música sinfónica” del músico británico Edward Downes (editado en 1947 por Santiago Rueda en la Argentina), el cual me fue de gran ayuda para poder conocer más sobre la vida y obra de Beethoven y de otros célebres músicos de la historia. Este libro explica magistralmente la estructura de la 9ª sinfonía, el porqué de los nombres en italiano de cada movimiento, el tempo, el intricado laberinto de la forma, la arquitectura sonora de la sinfonía. El movimiento que más me gusta es el Adagio, no hay música más dulce y tierna en todo el planeta, desbordada de nostalgia por el absoluto, es el amor mismo expandiéndose a toda la humanidad. De tanta belleza el alma humana derrama el llanto, pero un llanto sin dolor. Tal vez sólo la música sacra de César Frank y algunas arias de La Pasión según San Mateo de Johan Sebastian Bach igualen ese esplendor.
La lectura de la música
Este 2020 se cumplen 250 años del natalicio del músico más aclamado del mundo, quien perdió el sentido del oído, pero desarrollo un oído interior, una fuerza emanada desde las profundidades abismales de su ser que volcó en obras maestras musicales. No escuchaba pero leía y componía en el pentagrama infinito de su espíritu. Traducía su alma al lenguaje universal de la música, la cual se lee no sólo en el papel pautado, se lee con la memoria, con la emoción. Escuchaba conmovido la Missa Solemnis de Beethoven (el latín cantado es uno de los portentos de este mundo), tanta luminosidad espiritual me cegó, tanta impetuosidad cósmica, mi alma quedó hecha añicos, detuve el disco, quise olvidar esa emoción oceánica, reponerme pronto de lo trágico de la belleza, de ese espectro terrible del que nos habla Rilke en sus “Elegías de Duino”. Abrí un libro al azar de mi biblioteca, un volumen del musicólogo y filósofo alemán Theodor Adorno: “Escritos musicales”. Fue mayúsculo mi azoro cuando también fortuitamente abrí una página cualquiera y me encontré con unas palabras sobre la Missa Solemnis beethoveniana, me derrumbé; acepté lo ineludible de mi sino musical. Debía escuchar una vez más esa magistral obra sacra. Esas lúcidas palabras dicen que la sombra de la muerte ya se proyectaba en las últimas composiciones de Beethoven, y que la misa es un conjunto de himnos (una interpretación muy subjetiva de la liturgia, muy heterodoxa) para alcanzar una trascendencia en vida, pues los hombres mueren, pero las obras de arte son inmortales. Las frases de Herr Adorno pertenecen al ensayo ‘Momentos musicales’ del libro ya citado. Me inspiraron nuevos bríos para enfrentarme al espíritu ciclópeo del sordo de Bonn, y comencé a escuchar con arrobo místico y a perderme en la sublime intensidad del Kyrie Eleison. No por nada escribió George Steiner que tal vez Beethoven sea el mayor genio de la humanidad. En una colaboración posterior comentaré las dos biografías más bellas que se han escrito sobre Beethoven: la de Romain Rolland y la de Emil Ludwig.
