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LOS NIÑOS LADRONES DE LEÓN

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La idea de niños cometiendo crímenes nos produce sentimientos encontrados: lástima, preocupación, dolor y hasta en algunos casos, empatía y ternura. A lo largo de la historia de la literatura, personajes como Oliver Twist han sido un ejemplo de ello, y documentos de importantes periodistas mexicanos como “Los morros del narco” de Javier Valdez o “Niños en el crimen” de  Julio Scherer son valiosos registros de cómo, tristemente, la infancia y el crimen se fusionan en nuestro país.

En 1960, León fue escenario de unos pequeños delincuentes que parecían sacados de un capítulo escrito por Charles Dickens.

DELITOS SIN RESOLVER

A finales del octavo mes de 1960, las calles de la Zona Centro de León eran asediadas por unos ladrones. Tenían un modus operandi sencillo: robar e irse corriendo sin más. Los rateros eran rápidos, efectivos, sagaces. Se llevaban desde joyas hasta chucherías. Durante todo el mes, nadie pudo denunciar puesto que no existían pruebas.

Entretanto, la Capital del Calzado cambiaba rápidamente: los reboceros emigraban de la ciudad por falta de trabajo, y nacía la Escuela Profesional de Comercio y Administración (EPCA). En el mundo poco a poco llegarían los estrambóticos años sesenta, repletos de cambios sociales que definirían el siglo XX.

Las calles de la zona que años después se convertiría en el Bulevar López Mateos eran la escena del crimen, así como la calle República y el Barrio Arriba, sin duda el área más pujante económicamente hablando.  Nadie se quedaba a salvo: ni casas particulares, ni mercados u otros negocios.

La presión de la opinión pública, conformada por caballeros con sombreros y damas de faldas que llegaban hasta los tobillos, hicieron que la policía trabajase día y noche hasta dar con los ladrones y capturarlos.

No cabe duda que toda la sociedad guanajuatense quedó entre enternecida y desconcertada.

EL “FUFURUFU” Y “EL DIABLO”

Se trataba de dos pandillas. Muy bien organizadas. Se dividían el territorio con frialdad absoluta y planeaban todo con antelación… esto no fue lo que desconcertó, sino que eran 10 niños de entre los 12 y 14 años. Ambos pertenecientes a bandas rivales. Una mitad controlada por un menor de 13 apodado “El Fufurufu” y otra por uno de 14 con el mote de “Diablo”. Se reptarían zonas y se distribuían el botín de la misma forma que Moisés Fagin lo hace en “Oliver Twist” de Dickens.

EL HERALDO publicó en su edición del 2 de agosto de aquel año: “tenían una perfecta organización, operando de acuerdo con orientaciones de sus jefes. Cada uno cumplía su respectiva misión (…) se dividieron la ciudad en zonas, tomando los mercados como punto de partida”.

Lo curioso del caso es que, a diferencia de muchos pequeños que trabajan para el crimen organizado, para los grupos de “Fufurufu” y “Diablo” no hubo nadie que los obligara. Para los diez menores se trataba de un juego.

“No mostraron ni tristeza ni arrepentimiento”, señaló un policía a EL HERALDO.

Posteriormente, los diez niños, todos varones (Armando, Ismael, José, Trinidad, Marcos, Manuel, Toño, Pedro, Martín y Juan) fueron llevados a las dependencias correspondientes.

Hasta el día de hoy, la situación no ha cambiado.

Y como bien señala el destacado escritor, sociólogo y doctor Ciencias Penales y Política Criminal, Erick Gómez Tagle López, “la niñez en el crimen implica un fracaso importante de las políticas públicas tanto en materia de seguridad como en materia de procuración y administración de justicia”.

SIGUIENTE ENTREGA: LAS “PEQUEÑAS INJUSTICIAS” DEL SIGLO XIX.

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