La democracia es un trabajo ciudadano, permanente, en búsqueda de alcanzar una forma de vida, que tenga como finalidad el mejoramiento económico, social y cultural del conjunto de la población. Tiene, dentro de sus fines esenciales, abatir la desigualdad como forma de establecer la dignidad de la persona humana, esto es, garantizar el acceso a casa, vestido, sustento, educación y recreación.
La desigualdad ha fomentado el uso del poder público como parte de de los bienes de quienes han accedido a él y pretenden incrementarlo incorporando a parientes, amigos y conocidos, para afianzar, en la desigualdad creciente, el poder adquirido. El uso patrimonialista del poder produce, en quienes lo ejercen, la tendencia a no compartirlo con quienes no consideran afines.
La prédica de quienes sostienen llegado el fin de las ideologías, fomenta la desigualdad, pues con su vigencia es más fácil reducir el número de preponderantes en el seno de la sociedad y, con ello, ejercer un control férreo. Las ideologías deben mantenerse vigentes, para que sean las normas jurídicas y sus fundamentos éticos quienes regulen el comportamiento social.
La desigualdad ha tomado carta de naturalización en amplios espacios de los partidos políticos. Ese fenómeno los ha distanciado de importantes núcleos sociales, quienes, al no tener sentido de pertenencia, incursionan en la anarquía.
Las sociedades han evolucionado de la anarquía a la militancia organizada, que debe tener un sólido fundamento ético, para propiciar la evolución social, hacia la paz compartida en un ambiente de justicia.
Pero cuando las élites de una sociedad abandonan las ideologías, renuncian al compromiso con el valor de lo bueno y vuelven a la etapa primitiva de la anarquía. Sin una sólida base ética, la moral social es incapaz de regular la vida en comunidad e impera la ley de la selva.
Los políticos de todas latitudes han de reflexionar sobre la importancia que tiene la concordia en sus relaciones al interior de sus partidos, y con el poder público, para evitar el debilitamiento de las instituciones que sirven de sostén a los Estados Nacionales y, debilitadas, sean incapaces de cumplir y hacer guardar la ley.
Después de las contiendas electorales, todos los ciudadanos deben comprometerse en la titánica tarea de cumplir y hacer cumplir la ley; evitar la violencia verbal que luego se convierte en conflicto físico. Es lícito protestar por la violación a la ley, pero conveniente reconocer los valores cívicos de los adversarios.
Fomentar la equidad como la afortunada rectificación de la justicia, deberíamos convertirla en práctica cotidiana.
