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LO QUE EL PROYECTO EDUCATIVO NO DEBE OLVIDAR.

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Fijar con claridad el objetivo toral de la educación, es un imperativo para comenzar a enfrentar con éxito la crisis social que agobia al mundo, pero nuestra obligación es enfrentar los retos que como país tenemos. Es indiscutible, que el problema que nos aparta de la línea de desarrollo humano es la enajenación, producida por un sistema económico que privilegia la ganancia sobre todos los valores.

La enajenación es la actitud indiferente del ser humano para consigo mismo y respecto de la sociedad. Arribar a la vida consciente, es un imperativo para llegar a conducirnos racionalmente. Una vez que se entienda el grado de enajenación, habrá necesidad de encontrar la forma de incorporar al individuo a la ardua tarea de convencerlo que el problema de la violencia, en todas sus formas, deriva del extravío que como persona tiene.

No debemos enfrascarnos en discusiones bizantinas, tratando de explicar qué fue primero, si el huevo o la gallina. El incremento en la violencia social comienza con el despegue económico que creó abismos entre un grupo cada vez más poderoso económicamente y una masa creciente de marginados, sin esperanza de alcanzar las metas que el nuevo orden económico le ofrece para que pueda sentir que existe.

La primera convicción debe arrancar de estar conscientes de que la persona humana tiene derechos     que aseguran el disfrute de bienes suficientes para desempeñarse racional y libremente. Para lograr el objetivo, hará falta una estrategia de comunicación social, ajena a la enajenación y con adelantos científicos, aparte a las nuevas generaciones de la indolencia.

Si no estamos convencidos de la actitud suicida de las nuevas generaciones, no podremos trabajar por un futuro en paz. Además del deseo de quitarse la vida, la juventud ha sido arrojada a un control mercantil del cual no tiene conciencia, ni existe una estrategia para ocuparnos de la evolución espiritual que naturalmente deben tener niños, jóvenes y viejos.

Para gobernar en busca de una sociedad consciente, hace falta que los propios gobernantes e integrantes de las cúpulas: económicas, políticas y religiosas, tengan la convicción de que, ellos mismos, han caído en grados distintos de enajenación y convengan en la necesidad de iniciar un diálogo constante, para superar esa condición de indiferencia con respeto a su propia esencia humana.

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