Esta semana hablaremos de un tema que causó noticia a nivel nacional: la marcha de los alcaldes afuera de palacio nacional, no sin antes señalar que, como de costumbre, la seguridad ya se encuentra más debajo del suelo, quizás rozando a la corteza del núcleo de la tierra.
Era una mañana nublada, y nuestros queridos alcaldes, decidieron poner en práctica las garantías individuales consagradas en los artículos 06 y 09 constitucionales, para manifestarse afuera de la casa de Ejecutivo del País, para exigir mayor recurso para solventar los gastos de sus respectivas administraciones y, al igual que a los maderos de San Juan –piden pan y no les dan- en lugar de recibir un caldero de monedas de oro encontrado al final de un arcoíris, lo único que les dieron fue una leve dosis de gas lacrimógeno, que les ocasionó ardor en la garganta y algunas lágrimas, las cuales generaron confusión, ya que nunca se supo a ciencia cierta si fue por el efecto de tan poderoso gas, o por el sentimiento de no haber sido agraciados por sus humildes peticiones, o bien, como es costumbre, fueron tan sólo lágrimas de cocodrilo.
Sin embargo, a pesar de que el que estás líneas escribe, soy partidario de la libertad de expresión, considerándome el suscrito como un “libre pensador”, es inevitable no complacerme de tan sorpresivo resultado, ya que desde hace mucho tiempo, a muchos políticos les hacía falta, como dicen en mis tierras, un “baño de pueblo”, viviendo en carne propia lo que los ciudadanos comunes tenemos que soportar a diario con sus tan aberrantes decisiones en pro de los beneficios de unos cuantos.
Es asombroso el descaro con el que muchos lobos, aún después de ser descubiertos, tienen el cinismo de seguir disfrazados con pieles de ovejas. Generación tras generación viviendo en la opulencia a costa de las costillas del erario público, ostentando cargos que no coinciden con su nivel académico, ni sobre todo, con su formación moral, sin embargo, dicen por ahí que “la culpa no es del indio sino del que lo hace compadre”, aunque esta vez nos atreveremos a contradecir ese dicho popular, ya que en materia política, sí es culpable el indio, el cual, con su ignorancia, vende su voto al mejor postor, y generalmente el precio no sobre pasa el equivalente a una torta de jamón, un jugo, una cubeta de pintura y, a últimas fechas, un calentador solar, regalos que son disfrazados de apoyos sociales, pero que en el bajo mundo se rumora que son recompensas que se les otorgan a cambio de haber vendido su voto, de la manera más ruin que se pueda hacer en un Estado democrático.
En este país habemos muchos inconformes con las múltiples irregularidades y mal manejo de los recursos públicos y los diversos cambios legislativos hechos por personas que distan mucho de la preparación necesaria para ocupar un curul, pero nuestro ejercicio a la libre manifestación de las ideas es vedada por las ocupaciones del día a día: el trabajo, las actividades del hogar, o peor aún, por la amenaza de quedarnos sin empleo ante la más mínima intención de acto de protesta.
Es impresionante cómo, al acudir a los actos de campaña de los políticos de siempre, vemos a un sinfín de personas de clase baja que apoyan a candidatos de dudosa reputación y antecedentes llenos de ignominia, y todo a cambio de que les obsequien el tan prometido regalito después de la campaña. La explicación es simple: la clase media, aquella que se levanta día a día a buscar el pan y la sal por medios decentes, que son productivos para su sociedad, que contribuyen con el pago de impuestos y por lo tanto con el pago de los servicios públicos, esos no venden su voto por cualquier dádiva, es por ello que se hacen más campañas en las comunidades que conforman los círculos de pobreza que en las universidades y en los centros de trabajo. El político no es tonto.
Tal parece que ahora que en carne propia están sufriendo los estragos del hambre y la pobreza, así como el sentimiento de ser ignorados por el máximo mandatario, piden desesperadamente que les arrojen un hueso, ya que el que tenían, ya se le acabó la carne.
Mientras sigamos en un país donde se le dé más importancia a la creación de un estadio de fut bol que a la creación de escuelas y hospitales, y mientras seamos más proclives a ver más un programa de televisión que de la lectura de un buen libro, estamos a años luz de ver cambios significativos, estando condenados a ver, durante mucho tiempo más, cómo se fragua esta eterna y encarnizada lucha de perros que son capaces de matar por seguir conservando el hueso, mientras que el indito ahí sigue, contento con su torta de jamón.
