Durante los años ochenta, el locutor Alan Berg fue la personificación de la frase “no tener pelos en la lengua”. En una época en que no existían las redes sociales, el programa que conducía y su actitud lo convirtieron en una celebridad con miles de fanáticos y adeptos, pero también con muchísimos enemigos que no solamente conspirarían contra él, sino que terminarían asesinándolo.
El caso de esta semana trata sobre la radio, y aunque ocurre en un país y una época en especial, es también un recordatorio a nivel mundial de lo importante que es luchar contra los grupos que promueven el odio, así como la libertad de expresión.
Todo comienza en Chicago en 1934 cuando nace Alan Harrison Berg, un famoso locutor de radio que destacó durante los años setenta y ochenta. Contratado por la cadena KOA, empezó a volverse conocido por sus ideas liberales y sus comentarios sarcásticos que nunca se callaba y expresaba abiertamente al aire. Nunca se metía con los pobres, los frágiles o las minorías. Como había estudiado Derecho, sabía muy bien qué decir y qué no para evitar toda clase de problemas legales. Cuando trabajó en una zapatería y después vendiendo ropa, conoció a Lawrence Gross, un presentados de programas de entrevistas que descubrió su talento y lo invitó a trabajar como locutor. Con el paso de los años se volvió muy conocido y entrevistó a personalidades populares de la izquierda y la derecha estadounidenses. Corrían los años ochenta, y la radio era un medio fundamental para saber del mundo mientras sonaba ‘Smooth operator’ o ‘We’re not gonna take it’.
“Soy el hombre que te encanta odiar”, solía decir Alan.
LAS AMENAZAS
Entonces, Alan empezó a cuestionar y The Order, un peligroso grupo de neonazis que se autocalificaban como supremacistas blancos. Se trataba de una asociación criminal a toda regla, que financiaba sus actividades con el robo de bancos y al igual que Berg, no se callaban sus comentarios, solo que los de ellos eran racistas, antisemitas y homófobos. Su discurso de odio era puro y duro, y el hecho de que el locutor fuese judío hacia más compleja la situación. La Orden tenía una lista de celebridades que debían asesinar, y Berg estaba entre los principales.
Pese a las inminentes y evidentes banderas rojas, el locutor no se contuvo en sus comentarios. Desafió abiertamente a The Order y sus ideologías pro nazis y pro Ku Klux Klan. Los ridiculizaba, lo que los hizo enfurecer.
El caso llegó a su cenit el 18 de junio de 1984, cuando Berg salió de la cabina de la estación de radio y condujo a su departamento en Congress Park, Denver. Parecía una noche cualquiera; sin embargo, lo estaban esperando afuera de su hogar miembros de The Order. Eran las 9:30 de la noche y aunque Alan no lo sabía, aquellos serían sus últimos segundos de vida.
Le dispararon dos veces a la cabeza. Las balas se incrustaron cerca del ojo izquierdo y salieron por el lado derecho del cuello. El arma homicida fue una MAC 10 calibre 45., con silenciador. Alan Berg tenía 50 años. Lo peor del caso es que antes de los hechos se iba a reconciliar con su ex esposa, Judith Lee de Berg.
Entonces, se asignaron 47 policías para dar con los responsables. La estación KOA ofreció 10 mil dólares de recompensa. Finalmente, fueron detenidos cuatro miembros activos de The Order: Jean Craig, David Lane, Bruce Pierce y Richard Scutari. Después del juicio solo Pierce y Lane fueron sentenciados. El primero a 252 años y el segundo a 190 años.
El caso se convirtió en un referente mediático. El director Oliver Stone dirigió la película ‘Talk Radio’, basado en la obra de teatro escrita por Eric Bogosian, entre muchos otros referentes. Leal a su discurso, Alan Berg decía que para él hablar ante el micrófono era como jugar la ruleta rusa, pues una vez al aire nadie sabría que iba a pasar. Sin duda alguna fue muy fiel a sus ideales.
