(Parte II)
Se debe mencionar que, pese a la retórica de Trump, el déficit comercial de los Estados Unidos creció 12% en 2017 hasta alcanzar los 566 mil millones de dólares (mmdd), el mayor incremento desde el 2008, lo que ha intensificado el debate respecto a qué es lo mejor para las empresas y trabajadores estadounidenses en relación al comercio exterior. Es motivo de ásperos debates si esos déficits están dañando su economía, pero al final de cuentas estos desequilibrios se han convertido en una obsesión para la administración Trump. El problema es que en lugar de poner remedio a temas como su desequilibrio fiscal, que eleva su demanda agregada y contribuye enormemente a su déficit comercial, buscan castigar al resto del mundo endureciendo acuerdos e imponiendo aranceles. En este contexto es importante señalar que del déficit de 566 mmdd que registraron los Estados Unidos el año pasado, el 66.2%, equivalentes a 375 mmdd fueron con China.
Para los Estados Unidos, gran parte del problema de su desindustrialización y su déficit comercial con México, el cual fue de -71.056 mmdd en el 2017, surge por los bajos salarios que se pagan en nuestro país. México no ha aceptado que se ponga el tema salarial en la mesa de negociaciones, pero comentarios editoriales como el de Bill Pascrell Jr., Congresista del Partido Demócrata, publicado el pasado 1 de marzo, sin duda siguen ejerciendo presión importante.
Pascrell señala que cuando el TLCAN fue debatido por primera vez en el Congreso estadounidense, se encontró con resistencia por parte de los Demócratas debido a que su partido temía que el acuerdo construiría una economía integrada sobre las espaldas de trabajadores explotados. Agrega que estos temores se materializaron en las últimas dos décadas. Conforme la productividad de los trabajadores industriales en México ha aumentado, sus sueldos permanecieron estancados y sus derechos básicos y protecciones han sido reiteradamente “aplastados”.
Pascrell agrega que a lo largo de la vida del TLCAN, los Estados Unidos han ayudado a generar un “sistema roto” para los trabajadores mexicanos. Desde su óptica, esta ceguera voluntaria es importante porque es una causa directa de las presiones salariales a la baja que han devastado nuestros centros industriales como Youngstown, Ohio; Flint, Michigan; y Paterson, New Jersey.
Menciona que los Estados Unidos han permitido por un cuarto de siglo que los trabajadores estadounidenses sean amenazados de que se llevarán sus puestos de trabajo a México si no están de acuerdo en aceptar términos más favorables para los dueños de las empresas. Muchas familias trabajadoras han enfrentado recortes en sus pagos y sus beneficios, y lo que en alguna vez fue un sistema organizado de trabajo ha sido debilitado en favor de un sistema que privilegia las ganancias corporativas. En los Estados Unidos se ha tolerado un TLCAN que ha fallado a los trabajadores, por lo que se deben realizar cambios de fondo. Hasta aquí los comentarios de Pascrell.
Todo lo anteriormente expuesto es el contexto de las tarifas que serán impuestas a las importaciones de acero y aluminio por parte de los Estados Unidos, las cuales sin duda tendrán un impacto negativo en el sector automotriz, uno de los temas más sensibles en la negociación. Esta acción ha exacerbado las tensiones comerciales en todo el mundo y los países comienzan a evaluar cómo tomarán medidas de represalia. Esto es relevante no sólo por la utilización de estos metales en el proceso de fabricación de automóviles, sino por las medidas que terminarán afectando la producción y costos de otros productos finales.
Queda claro que la pretensión de imponer un arancel de 25% a la importación de acero busca abatir el déficit comercial de Estados Unidos al incrementar el contenido de dicho país en los bienes industriales que fabrica, pero esto tendrá consecuencias no deseadas en muchos sectores industriales. No queda claro a quién se pretende beneficiar, ya que al final alguien tendrá que pagar por estos nuevos aranceles y se mermará la competitividad de América del Norte, sobre todo en la fabricación de automóviles, los cuales tendrán un mayor costo de producción respecto a sus contrapartes asiáticas.
Esto fue tan disruptivo que de hecho, en el marco de la séptima ronda de negociaciones, las pláticas respecto a la regla de origen automotriz fueron suspendidas cuando Jason Bernstein, quien encabeza esta discusión por parte de Estados Unidos regresó a Washington para realizar consultas con su industria.
Con todo esto en mente, se debe señalar que no obstante que la negociación del TLCAN sigue, persiste el riesgo de que este fracase. El peor escenario es que desaparezca el TLCAN, lo que sería un duro golpe para las empresas y trabajadores de la región, y Estados Unidos no se salvará, aunque Trump piense lo contrario. De acuerdo con la Cámara de Comercio de Estados Unidos, tan sólo en dicho país hay cerca de 14 millones de empleos que dependen del comercio con México y Canadá, y el fin del TLCAN le costaría a los Estados Unidos la pérdida de 1.8 millones de empleos de acuerdo con la Mesa redonda de Negocios.
Obviamente también persiste el escenario optimista en el que los tres países alcanzarán acuerdos respecto a cómo se puede renovar el comercio, lo que implica ponerse de acuerdo en una nueva regla de origen automotriz. Si bien, está por concluir la séptima de ocho rondas pactadas hasta marzo de este año, la realidad es que no existe como tal un plazo fatal para concluir la negociación, por lo que las negociaciones pueden prolongarse todo lo que se requiera. Aunque muchos opinan que si no se alcanza un acuerdo para el fin de marzo, las negociaciones podrían prolongarse hasta el 2019.
Director General GAEAP¨
