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La Secretaría de Inseguridad Pública

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Como diría aquel manco de Lepanto, autor de la conocidísima obra protagonizada por el célebre personaje de Don Quijote: “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” se celebró un terrible enfrentamiento entre dos grandes especies animales: unos leones combatiendo contra unas águilas, sin pasar de soslayo, claro está, también el roce con sus respectivos grupos de bestias en forma de porra, quienes miraban el encarnizado encuentro entre rechiflas y vituperios, mirando enloquecer a todo un estadio, y entre lágrimas y risas, observar el fallecimiento de los plumíferos. Y mientras eso pasaba en aquel lugar de la mancha, en otro lugar equidistante, un grupo de ladrones cibernéticos, al mismísimo estilo de las películas de Keanu Reeves, eran aprendidos por las autoridades federales, en un espectacular operativo que dejó tras de sí, el decomiso de 10 autos de lujo, entre los que destacan la famosa marca italiana del caballito parado sobre sus patas traseras, así como la afamada marca alemana estigmatizada con la estrella de tres picos, cuyo valor en el mercado está en algunos millones de pesos, cifras que un cristiano con la conciencia tranquila no puede ni siquiera imaginar.

Tras de esa espectacular noticia, la pregunta obligada es: ¿qué hubiese pasado si los afectados no fueran los grandes empresarios ni los dueños de las instituciones financieras?, es decir, ¿qué hubiese pasado si en lugar de que el afectado fuese una institución bancaria, fuese la tienda de abarrotes de la esquina de mi vecindario? Sería interesante observar como en medio de la madrugada, a bordo de camionetas de asalto y con un equipo policial uniformado con su equipo táctico (ya sabe, pasamontañas, chaleco con placas balísticas de alto nivel, bota comando, lente plástico de medio rostro,  muslera, piernera, arma corta, arma larga, guantes de goma, destapador, saca corcho, lonchera y bolsita para los cacahuates), mirásemos desconcertados a estos elementos, al estilo de la figura animada de Max Steel, caminar por las azoteas, haciéndose señales con las manos para no romper el silencio, en fila, uno tras otro, en posición de infiltramiento, mientras un helicóptero surca por los aires iluminando la zona con reflector de alta intensidad, y acto seguido, atrapasen por fin al asaltante de la colonia, quien diariamente, ayudado por su noble e inseparable machete, despoja de sus pertenencias a los pobres transeúntes, en su mayoría obreros y estudiantes, quienes tuvieron la desgracia de no ser banqueros, y por lo tanto, saben que para ellos, jamás habrá un operativo como el de esta semana, y ¿saben por qué? Porque para la clase baja no hay grupos ni fuerzas especiales, sino algo mejor: los centros de atención a víctimas, donde la mayoría de su personal se capacita “arduamente” durante un curso “intensivo” de una semana, y al final son expertos en dar atole con el dedo, y confunden la atenta escucha con una psicoterapia, y la recomendación de levantar una denuncia es confundida con una ardua asesoría jurídica. Y al mismo estilo de Sancho Panza, a la clase económicamente débil, le toca montar en la grupa (las ancas de los equinos, para los iletrados) del caballo de Don Quijote (Rocinante) o peor aún, en la grupa de Rucio, el asno del fiel escudero del noble caballero de la Mancha.

Ahora, la pregunta es: ¿a bordo de qué asno se encuentra nuestra Seguridad Pública? Ojalá y finalicemos la siguiente semana, con la noticia de la disminución de muertos y encobijados, tránsitos balaceados y otros desfiguros semejantes, además de saber que ya se investigó y dio con los responsables del robo a los paraderos de las orugas, ya que en este contexto, ni las propias instalaciones de autotransporte fueron respetados, dejándonos bien en claro que cuando la perra es brava, hasta a los de casa muerde. Al autor de éstas breves líneas le gustaría saber, quién fue el brillante Rucio que permitió que la perra se volviera así de brava.

Por cierto, ya no se ha escuchado comentario alguno respecto a los rumores que se ventilan por las redes sociales y los diversos medios de comunicación, respecto a la vinculación del fiscal general con el afamado “Marro”. Es extraño tanto silencio ante tan escandalosa noticia, y más aún, cuando dicho silencio proviene de las altas esferas gubernamentales quienes tienen la obligación de dar seguimiento ante tan grotescas acusaciones.

En fin, debo de dar término a mis líneas, ya que de continuar escribiendo, corro el riesgo de que los ladrones cibernéticos me roben mis documentos, y lejos de operativo tipo Rambo, me van a mandar a desahogar mis penas a las instalaciones del Centro de Atención a Víctimas más cercana, donde con sus arduos consejos, estoy seguro que me robarán una sonrisa. Un abrazo fraternal.

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