Representar a un país, pueblo o sociedad, como se quiera nombrar, no es fácil. Hacer mal las cosas, cualquiera lo puede realizar. Sin embargo, cumplir con el deber y hacer bien las cosas, no cualquiera lo sabe hacer. Un mandatario representa a todo un país dentro y fuera de su territorio y cuando el representante de esa nación sale al extranjero, lleva consigo la enorme carga social y política de poner en alto el nombre de su pueblo, por lo que se esperaría que el mandatario fuese aún más cuidadoso en su imagen, en su forma de expresarse y conducirse con sus interlocutores y qué decir con él anfitrión.

El proceso de institucionalización de la vergüenza, en el presente gobierno de la república, es una triste realidad para los mexicanos. Está relacionado con su fuerte carga de control social al representar las normas, tradiciones o pautas ideales a seguir en una sociedad, socializadas a los individuos que las sienten como propias. Que un día sí y otro también, vemos a nuestro presidente y a su gobierno ridiculizar a la política, a sus instituciones y a la sociedad entera con su extrema ignorancia y demagogia, queriendo sustituir su flagrante falta de preparación y capacidad para administrar y gobernar un pueblo.

La visita de esta semana del presidente López Obrador a los EE.UU. ha generado un sin fin de críticas y comentarios de todo tipo, en el ámbito político, financiero y social de nuestro país. No pretendo repetir lo que ya hemos escuchado y leído en varios medios electrónicos y escritos nacionales. Sin duda alguna, lo más lamentable de la visita al presidente Biden fue la pésima imagen de AMLO que se hizo aún más y más pequeña de lo que, de por sí es, postrado en una silla que parecía inmensa, ante el cuerpo encorvado y maltrecho del mexicano.

Con las manos entrecruzadas y utilizando un cubrebocas que, por cierto, nunca utiliza en nuestro país, pero, como buen mexicano, se comporta allá como no lo hace en México, gesticulando clemencia o piedad, ante el mandatario más poderoso del mundo. La imagen del ‘pobre’ mexicano, sumergido en su frágil educación y pobreza cultural, volvió a surgir de la mano del peor presidente que ha tenido el pueblo mexicano en la era moderna. Para el colmo, ante la guardia de honor que hizo, frente al monumento a Benito Juárez, los gritos de “corrupto, inepto, fuera corrupto, los niños con cáncer, fuera comunista, no te queremos, fuera AMLO”.

En fin, ante el caótico espectáculo del presidente de México y el rotundo fracaso de un viaje para el olvido, las emociones que vivimos los mexicanos, ante mayúsculo ridículo, resurgió la vergüenza social, como nunca antes la habíamos experimentado. Las emociones son una parte básica de la vida de cualquier individuo, grupo o sociedad, no solamente a nivel micro o personal. Sin embargo, no siempre se les ha concedido la importancia que tienen. Pero hoy han aparecido marcadamente en la clase media de nuestro país.

Mientras todo esto sucede, en México no se detiene la fractura en las clases sociales, donde los pobres emergen con el poder del populismo que los compra y corrompe mes a mes con los programas sociales del gobierno y del partido en el poder, MORENA. Tenemos un presidente atado al dogma de la austeridad, sin empatía alguna con lo que está ocurriendo en la calle; que utiliza a los pobres como medios para conseguir unos resultados que solo interesan a él y a su plan de crear una mal llamada “cuarta transformación”. Si detrás de las magnitudes políticas y sociales con las que define sus políticas fueran capaces de ver los rostros de las personas que las sufren, probablemente las cosas irían mejor.

Sabemos que hay alguien al mando, destruyendo los equilibrios sociales que tanto costó construir. Ese alguien que se esconde en la demagogia y el populismo para justificar lo que hace en beneficio de los pobres. Incapaz de dibujar un horizonte que devuelva la ilusión a la ciudadanía en general. Tanto es así que, en los casi cuatro años de gobierno, ha dado señales de querer construir, a costa de la democracia, un sistema de ocultamiento y opacidad, que lo único que ha generado es más pobreza, más desigualdad y mucha mayor corrupción.

¿No cree usted?

ESCRIBE UN COMENTARIO