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La Primera Sangre

‘Un Capítulo en México’

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19 de noviembre 1910, Puebla.

Soy Aquiles Serdán y jamás tuve tanto miedo en mi vida, sé que voy a morir pronto ¿Qué si me arrepiento? Es muy tarde para eso.

Mi familia era parte de los incontables de inconformes con el régimen de Porfirio Díaz y cuando conocí a Francisco I. Madero y fundamos el partido anti reeleccionista en Puebla, en verdad creí que teníamos esperanza –el tiempo de Díaz está por terminar – eso me dijo cuándo lo felicite por su candidatura a la Presidencia de México y tiempo después, cuando Díaz ignoró la voluntad del pueblo y me reencontré con Madero en su exilio en Estados Unidos –la revolución debe alzarse en todo el país- me dio la orden de preparar el levantamiento para el 20 de noviembre.

Convencimos a cientos de ‘jugársela’ en busca de un país mejor y ya mero llegaba el día, teníamos en la casa armas y municiones, bien avisada estaba la gente que, con los Serdán al frente, se levantarían en armas para reclamar un México libre.

Me encantaría saber quien fue el desgraciado que nos traiciono, pero los traidores jamás muestran la cara cuando cae la tormenta. Ayer llegó el jefe de la policía a mi casa, la puerta estaba abierta, fue tarde cuando nos dimos cuenta que ya estaba dentro y en medio del miedo de vernos descubiertos un disparo le arrebato la vida, un solo disparo se lo llevó al otro mundo.

En ese momento debíamos demostrar de que estaban hechos los Serdán. Mi hermano Máximo subió a la azotea en compañía de amigos de la familia que por desgracia estaban en casa aquella mañana. Mi hermana Carmen confiaba en la gente, pensó que al escuchar aquel disparo ya vendrían en camino para ayudarnos, al parecer todo se quedaría en la intención y nos la ‘jugaríamos’ solos.

Poco tiempo después, cuando ya habíamos cerrado la casa, llegaron policías y soldados, que más daba si venían a darnos una oportunidad, empezamos a disparar contra las tropas, que la gente viera que nadie iba a someternos, que aunque fuéramos pocos, éramos hijos bravos y libres de México.

Me coloqué cerca de una ventana, disparando contra todo aquel que se moviera en la calle, fugazmente veía la silueta de Carmen, corriendo cargando munición para subirla a la azotea, jamás vi una mujer con tanto arrojo. Las balas cruzaban el aire a su alrededor, los zumbidos e impactos debieron aturdirla y aun así no dejó de moverse se mantenía firme en la lucha, no hasta que escuche.

– ¡Máximo! – no necesitaba preguntar, mi hermano estaba muerto.

Tras horas de combate, ya solo quedábamos Carmen, dos mujeres más y yo. No valía de nada hacernos matar así, deseaba vivir para tratar de levantar el momento después, cuando en todo México ya se hubiesen levantado en nombre de Madero. me escondí debajo del suelo de mi recamara, pocos minutos después escuché llegar a los soldados, me buscaban y rogué a Dios que tuviesen clemencia para mi hermana por ser mujer, que no la mandaran a frente aun pelotón de fusilamiento.

Durante 14 horas he escuchado a los soldados dar vueltas por mi casa, robar nuestras cosas y mofarse de la muerte de mis compañeros. El aire se está agotando, puedo sentirlo, cada vez me cuesta más trabajo libertad, debo escapar o morir asfixiado. Mientras retiró la tabla que cubre mi escondite no escuchó a los soldados que se mantienen vigilantes, pero ellos a mi sí. Se acercan con cautela mientras yo trato de incorporarme, al verlos intentó defenderme, pero estoy demasiado débil incluso para hablar, caigo al suelo y veo el rifle apuntándome.

No me arrepiento, ser la primera sangre derramada en la lucha será un honor que nadie podrá arrebatarme, apenas si escuchó el disparo cuando todo se torna en tinieblas.

El cadáver de Aquiles Serdán fue arrojado a la calle, pues en compañía del cadáver de su hermano y de los primeros revolucionarios. Carmen Serdán sería sentencia por los crímenes de rebelión, resistencia, homicidio y lesiones. Los actos de los hermanos Serdán sería la primer herida en el régimen de Porfirio Díaz.

 


uncapituloenmexico@gmail.com

Gabriel Rodríguez Orozco

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