La muerte llega a domicilio. Eso le quedó bien claro al oficial de policía Juan Adrian Villagrán Rocha, elemento activo de la Secretaría de Seguridad Pública, que en días recientes fue cobardemente asesinado a las puertas de su vivienda, frente a su familia, la cual desesperadamente pedía ayuda. Juan Adrian, “el patas” como muchos de sus amigos le decían de forma cariñosa, ahora forma parte de la lista de oficiales caídos, pero no en cumplimiento del deber, porque nadie tiene el deber de morir.
Con enorme desagrado recuerdo las palabras soñadoras de nuestro máximo edil en su programa de gobierno, que más que programa, era un golpe de morfina para las mentes inquietas: “El impacto ahora será bajo la dinámica de círculos concéntricos, buscando la generación de una ola expansiva de paz, armonía y bienestar en todo nuestro municipio”.
Tal parece que la marea ha bajado, porque hasta la fecha, no hemos visto esa “ola expansiva de paz”, provocada por ese “mar de la tranquilidad”.
De todo el tiempo es bien sabido la existencia de la ley de “la plata y el plomo”, donde la permisividad de los corruptos con el crimen organizado les genera “plata”, pero al violar dichos acuerdos, se les convierte en “plomo”. La pregunta de esta semana es: ¿Quién recibió la plata? Porque ya nos ha quedado más que claro, quienes están recibiendo el plomo.
La ciudad se está convirtiendo en una especie de Ciudad Gótica, pero sin Batman, donde el crimen impera sin restricciones. Se presumen cifras millonarias en capacitación, pero el resultado en la operatividad deja mucho qué desear. Tal parece que los instructores israelitas no son tan buenos como los anunciaron. Sería mejor contratar al Chapulín Colorado, ya que igual se haría el ridículo, pero de una forma más graciosa, y sobre todo, más barata.
Analicemos el origen de toda esta sangrienta payasada: es indiscutible la existencia de cárteles en nuestra ciudad, y también es innegable que están enojados y demuestran su inconformidad en forma de balas. Algo no salió como lo habían acordado en la mesa de negocios. En ese tenor nos surge una inquietud: ¿Quiénes conformaron esa mesa de negocios?.
“Los índices delictivos van a la baja”, manifiestan muchos funcionarios encargados de nuestra seguridad, palabras muy sencillas de decir para aquellos que viajan en camionetas blindadas y con un séquito de guardaespaldas cuidándoles lo generado por sus conciencias.
Todo este tremendo pandemónium, es procurado por un procurador que en un acto digno de Pilatos, se lava las manos diciendo que su deber no es bajar los índices delictivos, ni combatir a los cárteles; de un Secretario de Seguridad Pública que ha permitido que el hampa trabaje como Juan por su casa, preocupándose más por la presencia policial en la feria de León, que por patrullar en las zonas rojas de la ciudad; una procuraduría de Derechos Humanos que a la menor queja ciudadana –la mayoría solicitada por ciudadanos que no supieron respetar la ley- amedrenta al oficial de policía con “recomendar” que se le destituya del puesto; un poder legislativo que hace leyes que lejos de dar los resultados deseados, facilitan la impunidad, dejando abierta la puerta para la solicitud de “la suspensión condicional del proceso”, dejando libres a miles de delincuentes; un poder judicial a cuyos jueces les tiembla el mayete (el chistoso martillo de madera, pa los cuates) para tomar decisiones propias y no dejar libre al mañoso, y encarcelado al inocente; un sistema penitenciario de reinserción social que no readapta a nadie, una Agencia de investigación Criminal cuyos elementos no investigan a profundidad, por exceso de trabajo y por temor a no violentar los derechos humanos de los pobres delincuentes; una Dirección de Prevención del Delito que se dedica más a regalar balones y playeras que a verdaderamente hacer programas efectivos de prevención primaria, secundaria y terciaria, y un gobierno sordo que no considera lo que pide el clamor popular.
¿A quién beneficia todo esto? Mujeres temerosas de tomar el autobús con miedo de ser agredidas sexualmente; estudiantes cabizbajos con miedo de ser asaltados; padres de familia que salen de su casa pensativos, con la esperanza de que al llegar a su vivienda no les hayan vaciado la casa; obreros, volteando para todos lados con la ilusión de que esta vez no se les aparezca la desdicha en forma de malandrín con machete en mano, y les quite el aliento, la nomina y hasta la bicicleta.
León, la ciudad de la burla. ¿A quién debemos culpar por la forma tan descarada en que tranquilamente delinquen los criminales como el ya tan famoso “Panda”, el “Chucky”, y quién sabe cuántos más publicó Don Adolfo en su página de Facebook, teniendo más criminales ahí, que la misma FBI? ¿Quién es el culpable? ¿La Procuraduría? ¿La policía? ¿El Ministerio Público? ¿Derechos Humanos? ¿Los jueces? ¿Los legisladores? Y la última pregunta: y ahora, ¿Quién podrá ayudarnos?
