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Sobre la pertinencia del término «salud mental»

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Un día, de hace varios ayeres, le preguntaba a cierta compañera de trabajo que compartía mi visión sobre la psicología: «¿Qué pasaría si juntáramos a todos nuestros maestros psicoanalistas —aquellos a quienes llegamos a admirar— y les asignáramos la tarea de dirigir las políticas públicas en materia de salud mental?». Su respuesta fue inmediata y tan acertada como dolorosa: «se la pasarían dudando, no llegarían a nada».
La semana pasada recordé esta anécdota cuando, en una plática, alguien cuestionaba la pertinencia del término «salud mental». Es decir, si la definición de salud que la Organización Mundial de la Salud tiene es: «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades», ¿por qué hablamos de salud mental como algo separado de la salud en general? ¿Por qué, por ejemplo —era el tema de la reunión—, pensamos en solicitar presupuesto para salud mental cuando valdría lo mismo asignarlo simplemente a la salud?
La respuesta tiene la misma orientación que aquella pregunta que le hice a mi amiga. Y todo tiene que ver con el poder y el tipo de personalidades que se sienten atraídas por él. Las recientes elecciones de Estados Unidos son una prueba de ello. La cultura, inteligencia y tolerancia naufragan frente al impenetrable arrecife de la persistencia, la intolerancia y —tantas veces— encanto. ¿Por qué? Porque los que buscan el poder son guiados por la certeza.
Donald Trump no tiene duda alguna de que su visión —así nos parezca intolerante y racista— es la correcta. En la OMS —que a pesar de sus definiciones ideales es dirigida por humanos y, en específico, por médicos humanos— tampoco dudan de que la solución para los padecimientos mentales dependa de un reajuste de las sustancias del cuerpo a través de los medicamentos.
Prueba de ello es que la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) comprende sólo trastornos establecidos por la disciplina médica de la psiquiatría, o que una de las estrategias principales para combatir los padecimientos mentales en los países subdesarrollados consista en la capacitación de los médicos del primer nivel de atención en el manejo de diagnósticos y tratamientos psiquiátricos.
Esa certeza —que probablemente produzca mucho mayor malestar del que curará— le falta a quienes reflexionan —sólo reflexionan— sobre cómo debería ejercerse el gobierno o procurarse la salud. Mientras unos nos preguntamos sobre la viabilidad de un término, personas de miras más cortas toman decisiones. Mientras unos pensamos en una visión del ser humano que no lo desagregue en diferentes sistemas y categorías, y nos quebramos la cabeza tratando de concebir modelos integrales, las decisiones sobre qué presupuesto se destina a qué programas son tomadas por especialistas que tiran, cada quien, agua para su molino.
A la fecha, menos del 2% del presupuesto de salud es asignado a «salud mental» y se destina, casi exclusivamente, a hospitales psiquiátricos. ¿El 2% es equitativo para la búsqueda del «completo bienestar físico, mental y social»? ¿No sería, mínimamente justo tener la tercera parte, o sea, el 33.33%? Si se busca ir más allá de la ausencia de enfermedad, ¿por qué se destina el 98% del presupuesto a atender la salud física? ¿Por qué invertimos todo nuestro dinero en mantener el coche bien alineado sin preocuparnos por los viajes o los destinos que puede visitar?
Lo cierto es que cada profesión atrae a diferentes tipos de personalidades y, a lo largo de la formación profesional, las estructuras educativas de-forman a los estudiantes. A los médicos los enseñan a memorizar, a limitar su emotividad y a tomar decisiones. A los psicólogos nos enseñan a reflexionar, a estar en contacto con nuestras emociones y a dudar de lo establecido. No es de extrañar que se produzca una batalla inequitativa cuando de espacios y oportunidades se trata. Por ello nos vemos precisados a mantener la distinción —aparentemente innecesaria— de «salud mental».
Con todo, ambas disciplinas se beneficiarían enormemente de un intercambio de fortalezas. A la medicina le haría bien comprender que los pacientes son más que un cuerpo pues toman decisiones, sufren, socializan, aman, se autodestruyen y padecen sus carencias. A la psicología le vendría bien, por su parte, asumir su lugar esencial dentro de la maquinaria de la salud con mucho más arrojo y certeza. Tal vez no la certeza loca de quienes no pueden ver más allá de su realidad sino, quizá, algo similar a la certeza del artista quien, a pesar de dudar constantemente, en el momento de la creación está decidido y defiende firmemente lo que cree.

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