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La ingrata

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Leí en la semana una noticia que, desde una perspectiva superficial, podría resultar hasta loable: «Café Tacvba no tocará más ‘La ingrata’». La idea es que, hoy en día —a diferencia de 1994— resulta políticamente incorrecto hablar sobre darle un par de balazos a la ingrata que nos dejó. La banda entonces —en una muestra de responsabilidad social— dejará de tocar la canción en vivo para no hacer apología de la violencia contra la mujer.
La reacción esperada es el aplauso. ¡Bravo! Porque son una banda comprometida con su sociedad. ¡Bravo! Porque su ejemplo inspirará a otras bandas y a otros sectores de la sociedad para que eviten reproducir los patrones de machismo y agresión hacia el sexo femenino. Con todo, algo en esta idea me produce escozor… no me siento inspirado por la decisión de los Tacvbos.
Por un lado, debo aceptar que me desilusiona que un artista reniegue sobre su propia obra. ¿Cómo es que uno puede arrepentirse de lo que firma? ¿Acaso el artista crea sin asumir, ya desde la concepción de la obra, el costo de hacerla pública? En el momento en el que Café Tacvba escribió «La ingrata», ¿no les pareció ofensiva?
Lo engañoso de todo este embrollo es que hace parecer que la violencia contra la mujer es un tema de actualidad, que por el hecho de usar —y abusar de— términos como «feminicidio» nuestra época —a diferencia del lejano 1994— es mucho más violenta. No estoy enteramente seguro de ello. Lo cierto es que a este momento histórico y, en específico, a las personas que ocupan el poder en este momento, les resulta útil —por las razones que sean— hacer de la violencia contra la mujer un tema político.
Por esta razón, la noticia me produce una segunda picazón. ¿No es labor del arte oponerse a los ideales impuestos? ¿No se traiciona el artista al replicar los mensajes del régimen? ¿De dónde viene la prisa en ser políticamente correctos? Haciendo una interpretación temeraria uno podría decir que se trata de dos artistas distintos: unos que compusieron «La ingrata» y confrontaron al México de las buenas costumbres y otros que, socialmente timoratos, se preocupan por no agraviar a esas buenas costumbres.
Es cierto que —al menos por lo que conocemos por los medios— Rubén Albarrán ha ido transitando del personaje del rockero lleno de energía al personaje pacífico, vegano y espiritual, y que un cambio de perspectiva es perfectamente entendible dentro de esta transición; sin embargo, no puedo evitarle el reclamo.
En la entrevista que le hicieron mencionó que no se puede entender a «La ingrata» tan sólo como una canción porque «las canciones son la cultura y esa cultura es la que hace que ciertas personas se sientan con el poder de agredir, de hacer daño, de lo que sea».
A ello le podríamos decir, junto con Freud, que es precisamente la cultura la que actúa contra la violencia. Lo que habría que añadir son dos cosas: la primera, que el ser humano no es un ser inocente y dócil contaminado por la terrible cultura sino un ser hostil y sexual de cuya sofocación de impulsos da testamento la cultura. Y la segunda: que la violencia y los actos agresivos ocurren cuando la tramitación psíquica es insuficiente, cuando no se puede lanzar un insulto —cantar una canción— y se lanza un golpe.
Al arte no es entonces, la mala influencia que nos lleva por el camino equivocado —ver películas o jugar videojuegos violentos no nos hace violentos— sino el vehículo a través del cual tramitamos emociones que ya están dentro de nosotros. Alguien que puede cantar a viva voz «La ingrata» y desear —sólo desear— la muerte de quien lo lastimó puede tramitar una parte poco desdeñable de sus mociones hostiles a través del canto y la palabra. El arte se convierte, entonces, en una barrera frente al acto irracional. Sin canciones de despecho como esa, ¿qué haríamos con el dolor que nos producen las pérdidas?
Sería muy bueno si todos fuéramos buenos, inocentes y lo suficientemente maduros como para afrontar los rompimientos o el desinterés del otro sexo. Aún mejor sería que no existiera hostilidad en el mundo y que todos conviviéramos en paz. Sin embargo, la historia nos ha dejado claro que es muy ingenuo creer que ese mundo es posible sólo por nuestras buenas intenciones. Somos seres hostiles y, como tales, requerimos de los mejores canales para vehiculizar nuestra agresión. Para ello, existen pocos medios tan convenientes como el arte. ¿Qué mejor y más civilizada acción podemos dedicarle a una verdadera ingrata que cantarle una canción?

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