La escuela es un fenómeno cultural, resultado de la necesidad de continuar la tarea docente iniciada en el hogar, o servir de punto de partida para continuar con el proceso de dotar a la población de instrumentos producto de la reflexión colectiva, para lograr que la conciencia social transite con normalidad, en búsqueda de la relación armónica, que permita el desarrollo de objetivos sociales, planeados en conjunto.
La escuela es lugar de encuentro e inicio de un proceso de sociabilización de las nuevas generaciones. En ella, con frecuencia se dan relaciones más estrechas que las que vinculan a los familiares, porque ahí la interacción se logra por consenso. Al pariente no se le escoge, al amigo sí. De ahí la necesidad de convertir la escuela en un complemento del hogar, con las ventajas que pudiera representar para los menos afortunados en el reparto del afecto en el hogar natural.
Empero, decisiones tomadas desde el escritorio o por ocurrencias de gentes con reducida vocación por crear un lugar donde pueda nacer y crecer la paz social, regida por la concordia, obstaculizan con ideas peregrinas, la función de mentores, que debieran asumir la elevada misión de hacer de la escuela, un hogar, subsidiario de la acción de la familia de viejo y nuevo cuño.
No se trata de pelear por decidir quién tiene el derecho de educar, sino hacerlo de manera tal, que el infante aprenda el sentido del amor, a partir del cuidado que debe tener por sí mismo y por la vida que junto a él crece, en las personas de sus compañeros.
Es cierto como dicen que dijo algún sabio, que el ser humano tiene una gran necesidad de amar; pero a la vez, una infinita necesidad de ser amado. Por eso, las madres excelentes, generan familias orientadas hacia los valores. Muchas de ellas, jamás tuvieron el privilegio de ir a la universidad o a la normal, pero tienen la intuición de su género, a quien el cosmos le encargó el cuidado de la vida.
El niño debe cuidarse para que surja el joven con aptitud de amar y, de esa manera, honre el reclamo de la naturaleza de prolongar la vida de la especie. No se trata de poner enemistad entre el hombre y la mujer, sino de crear las condiciones para que juntos, convengan lo que habrá de hacerse, para que la evolución de la especie, continúe su curso.
Cultivar la esfera afectiva de la personalidad es un reclamo airado de nuestra época que no escuchamos. Las instituciones han sido producto de largas experiencias y no pocos sacrificios, en su mayoría realizados por las mujeres. Ahora, el mundo reclama su trabajo, pero sin su amor, la lucha por la paz y la libertad, será estéril.
