En 1911, las librerías de Paris mostraron las novelas de un personaje que quedaría plasmado para siempre en la literatura popular de misterio: Fantomas. Creado por los amigos Marcel Allain y Pierre Souvestre, se trataba de un ladrón que vestía con smoking, y robaba con tal habilidad y silencio que solo podía ser descrito como un fantasma. Además, se disfrazaba asumiendo cualquier identidad. Posteriormente, durante los años setenta, la mexicana Editorial Novaro adaptó el personaje a cómic. Conocido con el seudónimo de “La Amenaza Elegante” Fantomas sería uno de los protagonistas de la historieta nacional gracias a su sagacidad e ingenio para robarle a ricos egoístas.
El personaje, aunque muchos no lo crean, se debate entre la realidad y el mito, pues hubo un ladrón a inicios del siglo XX que tenía habilidades muy similares a la Amenaza Elegante. Se trató del español Eduardo Arcos Puch.
Arcos Puch era originario de Palma de Mallorca, pero otras versiones afirman que nació en Nueva York. Al igual que su homólogo literario, tenía una inteligencia privilegiada y aunque en otra vida pudo ser un empresario exitoso o un intelectual, optó por el camino del crimen. Hablaba con fluidez su lengua natal, además de francés, inglés e italiano.
Le gustaba hospedarse en los hoteles más caros del mundo, y allí cometer sus robos. Solía entrar a las habitaciones más lujosas ayudado por una ganzúa. Se llevaba carteras, bolsos y joyas, haciendo responsables a la administración. Para no ser descubierto, cambiaba de identidad haciéndose pasar por marqués, piloto aviador, pintor o dandy. Actuaba, pues, como un fantasma. Por eso la prensa francesa lo bautizó así. Fantomas recorría el mundo quedándose en los mejores hoteles y saqueándolos.
La italiana de origen argentino Leonor Fioravanti fue el gran amor de Eduardo. Cuando murió fue un golpe insuperable para él, al grado que pidió extrajeran su cráneo y le incrustaran plata y piedras preciosas. Viajaba por el mundo con la calavera. Cuando robaba, solía vestir con un traje entallado negro y una máscara que solo dejaba al descubierto sus ojos (igual que el Fantomas ficticio) Si alguien despertaba, enseñaba la calavera, provocando terror en su víctima y dándole tiempo de sobra para escapar.
LA CAPTURA Y HUÍDA
Pero sin saberlo, alguien le seguía la pista. Igual que el personaje, que tenía a su enemigo el inspector Gerard, Eduardo Arcos era asediado por el comisario Ramón Fernández Luna. El policía ató cabos, revisando todos y cada uno de los registros de los hoteles más prestigiosos del mundo, así como realizar entrevistas a las principales víctimas. No dejó fuera un solo aspecto, y esperó pacientemente a que Eduardo llegara a España y allí, lo arrestó. Aunque el ladrón intentó argumentar que era un noble italiano, el sagaz policía le dijo:
“Esas patrañas que cuenta solo se las creen los lectores de novelas de misterio”.
En 1916 Fantomas fue arrestado, procesado y encerrado en Madrid. Pareciera que la historia acaba allí, pero al igual que su homólogo del cómic y la literatura, se salió con la suya. Durante la Segunda Guerra Mundial el Servicio Secreto Británico lo liberó para aprovechar sus habilidades, robando documentos de la embajada alemana.
Sobre la fecha de su muerte, no se sabe la fecha a ciencia cierta. Hasta en eso fue escurridizo.
