El 30 de abril de 1994 ocurrió uno de los crímenes más espeluznantes para la sociedad madrileña de finales del siglo XX.

Aquella mañana Carlos Moreno, un hombre de 50 años, se detuvo a esperar su camión en la calle Bacares del barrio de Manoteras. Apenas salía el sol, de modo que alcanzó a ver a dos muchachos que se acercaban a él y le pidieron dinero. El señor intentó ser amable, pero cuando menos se lo esperó lo sometieron y comenzaron a acuchillarlo sin piedad. En su desesperación, Carlos mordió el dedo del agresor, pero ya era muy tarde. Había muerto. Poco después, la gente que se acercaba al camión contempló, horrorizada, el cadáver.

Días más tarde, un estudiante universitario de nombre Enrique Martínez denunció a las autoridades a los responsables, a quienes escuchó hablando del asesinato. La policía llegó a la casa del estudiante de Química Javier Rosado, que tenía un dedo vendado. Poco después se descubrió a su cómplice, el joven Félix Martínez.

Lo que parecía un crimen como cualquier otro (sí, condenable y trágico, pero “común” dentro de los parámetros criminológicos) se reveló como un móvil macabro.

SURGE EL “CRIMEN DEL ROL”

Resulta que Javier era un muchacho extremadamente inteligente, aficionado al ocultismo, las novelas de terror y los juegos de rol, aquellos como “Calabozos y Dragones” donde los participantes adoptan distintos personajes en una partida con dados. Junto con Félix, había creado su propio juego, titulado “Razas”, en el que el objetivo consistía en matar a un ser humano de determinadas características.

Durante la noche del 29 de abril, y la madrugada del día siguiente, salieron a la calle buscando ya fuera una mujer guapa, un niño, o un adulto mayor. Cualquiera de los tres sería su víctima. La evidencia fue circunstancial, pues todo lo narra Javier en su diario, desde la forma en que acecha a las víctimas hasta su frase: “¡Lo que tarda en morir un idiota!” que se reprodujo en todos los medios españoles. Javier fue quien planeó todo, mientras que Félix fue su herramienta, a quien manipulaba como quería. Lo más curioso del caso fue que no tenían un motivo para hacer lo que hicieron: vivían en el Distrito de San Martín, una zona de clase media alta, y Rosado era un muchacho increíblemente culto e inteligente, de acuerdo con todo lo que apareció en documentales como “Víctimas del Misterio” y en el libro “Los Sucesos” que recopila los principales casos de nota roja del periódico El País.

Después de un juicio que fue cubierto por todos los medios españoles, fueron 42 años de prisión para Javier y 12 para Félix. Rosado estudio tres carreras en la cárcel, y fue un interno ejemplar que incluso daba clases de ajedrez.

Actualmente, los dos jóvenes ya son unos hombres, y viven su vida alejados de los reflectores y quizá, los juegos de rol.

Además del cruel asesinato, el crimen del rol tuvo otro daño colateral: los populares juegos de mesa y azar fueron duramente criticados por los sectores conservadores de España, culpándolos de prácticamente todo mal social. Al respecto, el escritor Arturo Pérez-Reverte publicó un artículo donde afirmaba: “Un asunto es que dos cerdos con navaja acuchillen a un pobre hombre creyéndose héroes de un juego imaginario donde confunden realidad y ficción, y otro muy distinto que los juegos de rol en su totalidad sean perniciosos y deban ser abolidos”.

No cabe duda que aquí, y en la España original, siempre habrá crímenes que no serán cosa de juego.

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