Me parece esperado que a algunos no les gustara. Forzarnos a compartir un gusto sería —en términos de Winnicott— un signo de locura. Sin embargo, la extrema animadversión que produjo en ciertos críticos me parece —por decirlo clínicamente— sintomática. Críticas como «un desastre tremendamente irregular, y peligroso en las manos equivocadas», «sombría y juvenil», «no vale la pena discutir sobre la película cuando en realidad no dice nada en absoluto», denuncian que fibras muy sensibles fueron conmovidas.
No parece haber una repulsa racional —basada en la narrativa o la estética de la película— sino una reacción visceral; la clara constatación de un conflicto interno que encontró oportunidad en un motivo exterior para escenificarse. Michael Moore atinadamente nos advierte —a la par que señaló que el «mayor daño a la sociedad podría ocurrir si no vas a ver esta película»— que, «sí, hay un payaso perturbado en ese espejo, pero no está solo, nosotros también estamos ahí».
Hay algo de ese reflejo, entonces, que no queremos ver y que, en sí mismo, representa un peligro para nuestro amor propio o —digámoslo técnicamente— narcisismo. Antes que permitirnos echar una ojeada a esa imagen no deseada, preferimos ceder ante las diversas manifestaciones de la defensa. Como muestra de ellas, pudimos leer artículos que se enfocaron en la violencia, el contenido político, la irresponsabilidad del director, el machismo, etc.
Y quizá lo más interesante de constatar, es que la defensa no sólo se manifestó en aquellos que no les gustó la película sino, también, en quienes la alabaron. No faltó quien señaló que Arthur Fleck —el protagonista— padecía un «síndrome pseudobulbar» y, tampoco fueron pocos los que señalaron el carácter genético y hereditario de la enfermedad mental. Arthur estaba loco porque su mamá se lo heredó vía unas —siempre prácticas— cadenas de ADN.
Si Arthur estaba loco, y ello se debe a los neurotransmisores o a la guanina, adenina, timina y citosina, entonces y a Dios gracias, yo —eterno Narciso— poco tengo que ver con su locura. Esta postura no me convoca a cuestionar ni a cuestionarme y, sobre todo, niega la experiencia —social, cultural, histórica— humana y el impacto que nuestras acciones, omisiones y decisiones, tienen sobre la vida de los demás.
Es una forma de negar la violencia; y no sólo la burda, la grosera —y que escandaliza a los críticos—, compuesta de balazos y sangre, sino esa más sutil que ejercemos todos; esa que vive dentro de nosotros y de la que nos negamos a hacer conciencia; y esa que, pese a todo, se filtra y se escenifica sin que podamos evitarlo, cada que nos encontramos frente a una relación de poder.
Freud decía, citando a Anatole France que «si a un hombre se le confiere poder, difícil le resultará no abusar de ese poder». En «Joker», vemos ejercicios de poder por todas partes. Thomas Wayne ejerce su poder y violencia sobre la madre de Arthur, ella a su vez los ejerce sobre Arthur. El presentador, Murray Franklin, violenta a Arthur desde su posición como líder de opinión. Los ciudadanos, a su vez, violentan a esa figura patética y degradada que es el payaso. En pocas palabras, «homo homini lupus», léase, «el hombre es el lobo del hombre».
Resultaría hipócrita decir que no nos reconocemos en ello, que como individuos o como sociedad, nunca hemos ejercido poder. La historia de la humanidad corrobora que no somos seres pacíficos y bien intencionados, sino que vivimos engañándonos en una ilusoria beatitud social, desde la que fallamos a nuestra responsabilidad con los otros. Prueba de ello, son todos los blindajes sociales que se levantan para proteger a grupos vulnerables: niños, mujeres, migrantes, discapacitados, adultos mayores, etc. La marca incuestionable de que, sin dichas protecciones, el abuso sería —como lo es, cuando los mecanismos fallan— constante.
Con esto, ¿quiero decir que somos responsables del «Joker»? ¿Que merecemos que nos maten unos resentidos sociales? No. Pero si la película debería obligarnos a algo, no es a alzar nuestras defensas, sino a cuestionar nuestras propias, sutiles —y no tan sutiles—, formas de ejercer violencia sobre quienes, por las circunstancias que sean, ostentamos poder. Léase, no nos hagamos los inocentes; somos capaces de dejar marcas imborrables en el alma de los otros. «Joker» lleva el debate de la enfermedad mental, no al terreno de las sustancias químicas, sino al de nuestras implicaciones como sociedad.
Finalmente, no querría cerrar sin hablar de esa última enseñanza que nos deja «Joker». Es la forma —de primera impresión— más inocente de violencia en la que las publicaciones han caído, y consiste en determinar cuáles escenas son reales y cuáles no. Digo que parece inocente, pero inevitablemente conduce a las mismas tendencias segregativas que revisamos arriba. Consiste en extraer una perspectiva de la realidad e imponerla a los otros.
Para Arthur —y hemos hablado de ello en un artículo sobre el «Cliffhanger»— la realidad son todas esas versiones, sin que una impere sobre las otras. Y si algo nos enseña la psicosis, es cuán ilusorios son los hilos que sostienen nuestra realidad. Así que, pongamos las barbas a remojar. Más sabio sería —paradójicamente— soportar ese no saber, asumir la incertidumbre, y evitar apresurarnos a imponer una única versión de la verdad. Podríamos, como nos lo advierte «Joker», estar persiguiendo fantasmas y dañando a los demás en el camino.
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