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HISTORIA DE LOCOS

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Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO .- Locura es la guerra siempre a fin de cuentas. En el fondo de toda lucha armada, sean cuales fueren las razones para justificarla, siempre yace la atávica violencia animal que quita al hombre su dignidad y lo convierte en bestia. Es entonces cuando se ven grandes locuras.

Se disponían los villistas a atacarla ciudad de Zacatecas. En una pequeña estación de tren a la cual habrían de llegar convoyes de revolucionarios las avanzadas rebeldes sorprendieron a un hombre que merodeaba cerca de los rieles. Llevaba consigo un manojo de grandes llaves que los soldados supusieron eran para hacer cambios de vías.

Lo condujeron ante el oficial de guardia, y éste lo interrogó.

-¿Quién eres? Guardó silencio el hombre.

-¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? No respondió el preso.

-¿Nada dices? -se exasperó el oficial-. Tu vida está en peligro. Me dicen que ibas a mover los rieles para hacer que nuestro tren descarrilara. ¿Eso es cierto? El hombre, tenaz, siguió callado.

-¿Por qué no me contestas? -estalló el oficial.

A esa pregunta sí respondió el sujeto. Alzó la cabeza, con desdeñosa mirada vio a su interrogador de la cabeza a los pies y luego contestó calmadamente: -Porque eres un gusano. ¿Cómo se te ocurre pensar que alguien como yo se va a rebajar hasta el punto de responder las preguntas que le hace alguien como tú? El oficial, sorprendido e irritado por aquella respuesta inusual, insistió en seguir preguntando.

-¿Trabajas en la estación? ¿Eres de los pelones? -Yo sé quién soy -respondió arrogante y altivo el individuo.

En eso intervino uno de los soldados que había aprehendido al hombre.

-Mi capitán -dijo a su superior-. Este hombre es un espía. Vamos a fusilarlo.

La guerra, dicen, es la guerra. El capitán pensó que el extraño sujeto había sido sorprendido haciendo manejos sospechosos. Por sus respuestas estaba claro que no era partidario de la Revolución, sino más bien del enemigo. Así, autorizó a los soldados a ejecutar la sumarísima justicia de aquellos duros tiempos.

El prisionero fue conducido hasta el pequeño panteón del lugar. Se le puso de espaldas al muro y un soldado fue a vendarle los ojos. Con gesto despectivo el hombre rechazó la venda. Luego se encaró a los hombres que lo iban a matar.

-Muero con gloria -dijo-. Tal era mi destino. Con mi sangre quedará fecundado el mundo para la eternidad, y la Historia repetirá mi nombre hasta el fin de los siglos.

Nadie entendió aquella perorata, ni el grito final que se quebró en la garganta del hombre al recibir la descarga: -¡Viva Napo…! Cayó el hombre herido por las balas, y el soldado que dirigió la ejecución le asestó el tiro de gracia. Luego llevaron sus despojos para echarlos en la fosa común.

Cuando lo hacían se acercó el enterrador del cementerio y echó una mirada al rostro del difunto.

-¿Por qué lo fusilaron? -preguntó.

-Por espía -le contestó el soldado.

-¡Qué espía iba a ser este infeliz! -dijo el sepulturero consternado-. Es Milo, el loco del pueblo. Miren, ahí trae sus llaves viejas; decía que eran las llaves de sus reinos. A nadie hacía daño, antes bien nos divertía con sus discursos. Se creía Napoleón Bonaparte. ¡Pobre Milo!

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