Los años noventa estuvieron marcados por hechos históricos que definieron la década, así como unas películas y una música inolvidable. Pero también, fueron unos años en que los crímenes mediáticos hicieron eco en todo el mundo. Basta recordar el Caso Colosio en México, y en Estados Unidos, el juicio de O.J. Simpson fue un evento del que se sigue hablando hasta el día de hoy.
Otro de los asesinatos más sonados, ocurrió en la soleada California, y tuvo por protagonista a una familia rica e influyente. El caso se conoce como ‘Los Hermanos Menéndez’ y fue tan turbio como el agua del desagüe que emerge de una cloaca.
La familia Menéndez parecía ser perfecta: conformada por el padre, José, la madre, Kitty y los hijos: Erik de 21 y Lyle de 18. El progenitor era un cubano que llegó a Estados Unidos, se hizo a si mismo trabajando duro, y vivía en Beverly Hills. La señora era una elegante dama de alta sociedad que fue reina de belleza, y los hijos unos educados jugadores de tenis que se preparaban para la universidad.
Parecían el ‘sueño americano’ personificado; pero, la noche del 20 de agosto de 1989 todo cambió.
Los señores Menéndez estaban sentados frente a la televisión, cuando Erik y Lyle llegaron armados con una escopeta. Sin más, le dispararon a su padre y luego a su madre en la pierna, para regresar por municiones y rematarla.
Los hermanos llamaron a la policía, diciendo que encontraron así a sus padres. Lo hicieron parecer como un robo fallido a casa habitación, pero finalmente, confesaron y fueron llevados a juicio.
Entonces, la suciedad emergió: violencia intrafamiliar, maltrato, asesinato.
EL JUICIO
Los hermanos despilfarraban hasta 700 mil dólares en medio año, y su padre, empresario disquero de RCA, se los daba sin problema. La sociedad de todo el mundo hizo ver a los Menéndez como unos niños mimados que solo querían la herencia, y por ello mataron a sus progenitores.
Pero, mientras más se investigaban los hechos, surgían cuestiones más sucias: José era un hombre malencarado, que se peleaba con sus compañeros de trabajo, golpeaba a Kitty, quien se había vuelto alcohólica y farmacodependiente, y lo peor: abusaba de sus hijos en todos los sentidos posibles, al grado de amenazarlos de muerte. Hacía que ambos hermanos se agarraran a golpes por simple capricho suyo y les daba dinero para volverlos dependientes.
Los abogados quisieron argumentar que el parricidio fue en defensa propia, pero había muchos cabos sueltos, como el hecho de que cargaran municiones para matar a su madre. Así, fueron condenados a cadena perpetua cada uno, pues todos sabemos que la legítima defensa solo es válida si la vida está en peligro inminente, además que los psicólogos forenses determinaron que no tenían problemas mentales. Pese a sus traumas, eran criminales convictos y punto, aunque Erik declaró que se sentía más seguro preso que con su familia.
El caso inspiró libros y una canción de la banda Brujería. Al respecto, la criminóloga y agente del FBI, Candice de Long, ha dicho: “asesinar a un progenitor es una mala semilla. Asesinar a ambos, una mala familia”.
Hoy en día, hay un movimiento en Tik Tok para que se les realice un nuevo juicio a los hermanos, pues uno de los argumentos más persistentes es que, ante la brutal violencia del padre, y una madre que sabía todo lo que ocurría y nada hacía por temor a perder su vida de lujos, no les quedó más remedio que recurrir al asesinato.
Desde la cárcel, Erik ayuda a reclusos con enfermedades terminales, y Lyle brinda apoyo a víctimas de abuso familiar. Sigue siendo un tema complejo, y con millones de aristas.
El próximo 19 de septiembre se estrenará la serie ‘Monstruos: La historia de Lyle y Erik Menéndez’, que es escrita por Ryan Murphy, uno de los mejores guionistas sobre crímenes reales, pues en su currículum ya ha tratado a fondo el caso O.J. Simpson, el asesinato de Gianni Versace y la serie de Jeffrey Dahmer.
