De entre la amplia gama de asesinos que se cuentan en los libros, documentales y otras fuentes, los estranguladores están entre los más macabros y desconcertantes. Su aspecto misterioso y parco, la fuerza en sus manos y su odio reprimido que externan al momento de asesinar a sus víctimas los han convertido no solo en parte del imaginario colectivo, sino en un tipo de criminal al que se le debe detener a toda costa.

Estranguladores se dan en todo el mundo, en diferentes épocas y en todas las culturas. Uno de los más populares fue el ‘Hillside Strangler’ que mataba trabajadoras sexuales y acechó Los Ángeles, California entre octubre de 1977 y febrero de 1978 y tras una sagaz investigación del detective Frank Salerno, se llegó a la conclusión de que eran dos asesinos y aparte, primos: Kenneth Bianchi y Angelo Buono.

Otro caso de un estrangulador ocurrió en Viena. Su nombre era Jack Unterweger y tras privar de la vida a doce mujeres, fue llevado a la cárcel en 1974. Inglaterra tampoco se queda atrás, y un desafortunado ejemplo fue Kenneth Erskine, conocido como ‘Stockwell Strangler’ cuyas víctimas eran adultos mayores. Fue aprehendido en julio de 1986.

Los casos anteriores los vemos lejanos, propios del primer mundo. Sin embargo, México también tuvo a su propio criminal. Se le conoció como ‘El Estrangulador de Coyoacán’ y esta es su historia.

¿JAIME O CARLOS?

La mañana de la víspera de día de muertos de 1971, el hermoso y eternamente colonial barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México, despertó con una horrenda noticia: la señora Gracia Cuéllar, de 68 años, así como su empleada doméstica, María Sánchez, habían sido estranguladas con particular saña y sadismo. Las cuerdas usadas como arma homicida permanecían en el suelo. Aquel 1 de noviembre, la casona ubicada en el número 90 de Presidente Carranza se llenó de policías y forenses.

El responsable no era un desconocido, sino el nieto de Doña Gracia, de nombre Jaime Antonio Huerdo.

Jaime confesó gustoso y elocuente ante los medios. Como muchos asesinos narcisistas, estaba orgulloso de lo que había hecho y tenía sed de fama.

El asesino relató que su abuela siempre lo había humillado, desde niño. Decía que no era su nieto y lo llamaba ‘Carlos’ porque ni siquiera le gustaba su nombre. Así toleró los insultos hasta los 21 años, cuando su familia se fue de vacaciones a Acapulco, dejándolo solo con la anciana y su empleada. La noche del 31 de octubre salió de la casa y regresó para brincar la reja. Llegó a la casa de la mujer y le dijo:

“Soy Carlos y he venido a matarte”. Aquella frase aterró a Gracia, pues ya sabía quién era aquel intruso.

Después, el joven tomó la cuerda y comenzó a ahorcarla. Cuando descubrió que la empleada doméstica fue testigo, también repitió el asesinato. La muchacha tan solo tenía 15 años.

Jaime robó centenarios y joyas de su abuela, y huyó a Guadalajara con su esposa, con quien se había casado apenas unos días, de nombre María Luisa Hernández. Los descubrieron porque tenía en su poder una esclava con el nombre ‘Gracia’. Fue detenido y llevado a la cárcel el 2 de noviembre.

Jaime compareció ante las autoridades sin remordimiento ni culpa algunos, con el look típico de los setenta: peinado largo con fleco, suéter de cuello de tortuga, pantalón de pana y saco Mao. Después, lo encerraron en su celda. Aunque consumía drogas y no era un ejemplo a seguir, la sociedad mexicana de los setenta lo estereotipó y prejuzgó como todo lo malo en un joven.

El 8 de junio de 1972 se fugó, usando una cuerda para saltar la barda de la cárcel. El caso se cerró con la última información formal al respecto: murió envenenado por comer hongos alucinógenos en Oaxaca.

Hoy en día, el barrio de Coyoacán es uno de los más bonitos lugares turísticos de CDMX. Cuna de cafés, museos y leyendas; también de algunos hechos trágicos y violentos como el de su estrangulador.

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