17 de julio de 2020
«Langosta» —película del director griego Yorgos Lanthimos a la que dediqué un artículo previamente— debió ser el antecedente al que acudir cuando decidí ver «El sacrificio del ciervo sagrado». Había visto recientemente «La favorita» y, por un momento, olvidé que era altamente probable que la trama tomara un rumbo alucinante: Steven Murphy, un cirujano cardiovascular que se ve forzado a decidir a qué miembro de su familia debe matar para reparar un error clínico de su pasado.
Pareciera un relato muy alejado de nuestra trivial y ordinaria experiencia humana. ¿Quién, a lo largo de una vida común, podría verse obligado a tomar una decisión así? Probablemente nadie y, no obstante, el hecho de que la película conmueva —que no la experimentemos como completamente ajena a nosotros— habla de que, a pesar de todo, algo nuestro está implicado en la historia.
De entrada, mencionemos que el argumento no es original. Es, muy por el contrario, la adaptación de una tragedia griega: «Ifigenia en Áulide». En esta última —y tal como en la película— tenemos a Agamenón —el padre— que se ve forzado por el oráculo a asesinar a su hija Ifigenia a cambio de la posibilidad de invadir Troya para salvar a Helena. Todo esto, bajo la condición de que, de no hacerlo, el ejército asesinará a toda su familia.
Puesto de este modo, el argumento ya no parece un mero disparate sino un interesante dilema ético del cual podemos obtener alguna enseñanza. Ninguna de las soluciones es, por cierto, totalmente correcta ni totalmente incorrecta pues cualquiera que sea la decisión tomada, ésta tendrá consecuencias sobre los implicados. En la película, matar a un familiar implica un profundo dolor, pero no matar a nadie implica que todos mueran. En la tragedia griega, afortunadamente, encontramos más elementos que nos ayudan a plantear los distintos escenarios.
Por un lado, está la decisión de matar a Ifigenia. Lo positivo de la decisión es que los dioses verán el sacrificio con buenos ojos y permitirán el asedio de Troya para salvar, no a un pariente cercano ni a alguien querido sino… ¡a la esposa de su hermano Menelao! Una esposa, por cierto, que no fue raptada a la fuerza. Es decir, —y ahí lo negativo—, se perdería una hija amada, para recuperar a una cuñada indolente.
Por el otro, está la decisión de no matarla, lo que representa desobedecer a los dioses, verse inhabilitados para atacar Troya y fallar al pacto que habían realizado los pretendientes de Helena quienes juraron prestarse ayuda en caso de que al elegido —en este caso, Menelao— le fuera disputada tan deseada dama. Lo positivo, en este caso, sería conservar a Ifigenia, pero no por mucho tiempo, pues el resto del ejército —que no debía lealtad a Agamenón— perseguiría a toda la familia para matarlos.
Queda, no obstante, —al menos la tentación de— una tercera opción: ignorar la cita del destino y ¡tratar de conservarlo todo! En cierto momento, Agamenón se ve tentado por la idea de conservar a Ifigenia y engañar a los dioses. Steven Murphy, en la película, llega a considerar que si se deshace de Martin —quien le transmitió inicialmente la maldición— podrá librarse del horrendo destino que le espera.
Y aquí es donde, la trama descabellada adquiere sentido en nuestros complejos destinos humanos. A cada uno de nosotros, en determinados momentos, el destino nos sitúa frente a dilemas similares: independizarnos o mantenernos atados al seno familiar, elegir una mujer o seguir seduciéndolas a todas, tomar un puesto directivo o seguir formando parte de los dirigidos, etc.
Para nosotros —como para Agamenón y Steven Murphy—, toda decisión representa una renuncia y un duelo. Y sin embargo, lo peor parece ser no decidir —¡tratar de conservarlo todo!— porque ese camino conduce directamente a la psicopatología. El síntoma parece ser ese camino que nos permite conciliar el deseo de conservar a Ifigenia y el favor de los dioses. Pero, ¿a costa de qué? De un marcado sufrimiento psíquico, no pocas veces acompañado de dolores y enfermedades físicas.
Al final, Ifigenia decidió que su muerte bien valía la grandeza de Grecia y esa determinación¸ con la que asumió su destino, fue recompensada por los dioses pues, previo al navajazo mortal, intercambiaron su cuerpo por un ciervo. La película de Yorgos Lanthimos no nos entrega a un personaje tan decidido, no obstante, las escenas finales nos muestran que la vida sólo puede continuar tras la elección. Lo que es otra forma de decir que, sólo cuando asumimos que no se puede tenerlo «todo», es que se abren los caminos a través de los cuales podemos disfrutar de «algo».
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